La literatura de no ficción lleva años discutiendo consigo misma sobre cuánto puede tomar prestado de la novela sin dejar de responder por lo que afirma. El préstamo suele hacerse en una sola dirección: se toma el ritmo, la dosificación de la información, el arte de retrasar una revelación. Lo que casi nunca se toma es la incomodidad de la novela, su disposición a dejar cabos sueltos. Conviene tener presente esa distinción al acercarse a El pastor y los lobos, el libro que Santiago Roncagliolo publica en Seix Barral y que se sitúa en los meses que siguieron a la muerte del papa Francisco.
El material es de los que se defienden solos. Una institución de dos mil años al borde de una fractura entre quienes se aferran a la tradición y quienes miran hacia los que sufren; un cónclave del que sale un nombre que casi nadie tenía en las quinielas; y en el centro, la figura de Robert Prevost, que hasta hace bien poco era un misionero en una provincia pobre de Sudamérica y termina convertido en León XIV. Roncagliolo organiza ese material como una investigación que avanza por capas: los casos de abusos del clero, los delitos financieros, los episodios en que la sotana y el sicario acaban compartiendo escena. No hay aquí complacencia con lo pintoresco. Hay, más bien, la conciencia de que lo pintoresco es lo que impide ver el mecanismo.
Hay una decisión de enfoque que conviene señalar antes de seguir. Roncagliolo podría haber escrito la crónica de una elección, con sus votaciones, sus alianzas y su humo blanco, y el libro habría funcionado como reportaje. Lo que hace en cambio es desplazar el foco desde el resultado hacia las condiciones: quién podía ser elegido, qué había que haber hecho antes para estar en esa lista, qué expedientes convenía que nadie abriera. La elección deja de ser un acontecimiento y pasa a ser el punto final de una acumulación de decisiones tomadas a lo largo de décadas por gente que ya no está. Ese desplazamiento, que parece menor, es lo que separa el libro de la actualidad periodística y lo acerca a algo que durará más que su asunto.
Merece la pena subrayar que el autor no llega a este asunto desde fuera. Roncagliolo viene de una obra donde la violencia política peruana y la culpa privada se han ido entrelazando sin que el lector sepa nunca del todo cuál de las dos manda. Aquella disposición reaparece intacta. El libro alterna la crónica de la sucesión pontificia con el relato de su propia familia deshecha, y ese contrapunto es la decisión formal más arriesgada de todo el volumen. Podría haber salido mal. Un cronista que se asoma a su biografía en mitad de un reportaje sobre el Vaticano corre el peligro de convertir la Historia en decorado de su propia herida.
No ocurre, y no ocurre por una razón que tiene que ver con la construcción. Las dos líneas no se explican la una a la otra; conviven. El autor no utiliza a su familia para iluminar la Iglesia ni la Iglesia para justificar el repaso a su familia. Las deja funcionar en paralelo y confía en que el lector establezca los puentes. Es la misma economía que practican los buenos narradores cuando renuncian a subrayar: se pierde algo de contundencia y se gana todo lo demás. Lo interesante aquí reside en que la pregunta de fondo —qué puede hacer la fe con el dolor, si es que puede hacer algo— no se formula en ningún momento como tesis. Se formula como situación.
La prosa acompaña esa decisión. Roncagliolo escribe con una frase corta, de periodista acostumbrado a que le midan el espacio, y solo se permite alargarse cuando el asunto lo pide. El resultado es un registro seco que en los tramos vaticanos funciona como un bisturí y en los familiares se vuelve, sin cambiar de tono, considerablemente más áspero. Conviene detenerse en ese detalle, porque ahí está buena parte del mérito del libro: la misma voz sirve para contar una intriga curial y una casa rota, y no suena impostada en ninguno de los dos sitios.
Conviene detenerse también en el tratamiento de las víctimas, porque es donde un libro así se juega la decencia. Los casos de abusos aparecen sin recreación y sin el detalle que en otros volúmenes de este género funciona como reclamo. Roncagliolo cuenta lo necesario para que el lector entienda la dimensión del problema y se detiene justo donde el relato empezaría a alimentarse del sufrimiento ajeno. Esa contención no debilita la denuncia: la vuelve creíble. Un autor que no explota el dolor de los débiles tiene después mucha más autoridad para señalar a los poderosos, y el libro la ejerce sin levantar la voz.
Quedan objeciones. La primera afecta al género mismo: un libro que se construye sobre acontecimientos tan recientes trabaja necesariamente con material en movimiento, y hay páginas en las que se nota que el autor escribe sobre algo que todavía no ha terminado de suceder. La segunda tiene que ver con el ritmo. La maquinaria del thriller exige un avance sostenido, y las secciones autobiográficas, que son las más hondas del volumen, lo interrumpen justo cuando el lector se había instalado en la intriga. Roncagliolo lo sabe y asume el coste. Cabe discutir si el precio compensa; a mi juicio, compensa.
No obstante, el libro deja una última cuestión abierta, y es la más interesante de todas. Roncagliolo cuenta la elección de un pontífice distinto de los anteriores sin decidir si esa diferencia cambiará algo. Se limita a mostrar la maquinaria, los intereses y a los hombres que la mueven, y deja al lector con el trabajo de calcular las probabilidades. Es una forma de honestidad poco frecuente en un género que suele venderse con la promesa de la revelación definitiva.
Libros como este recuerdan que la crónica no está obligada a resolver lo que narra. Le basta con dejarlo bien planteado y con no mentir sobre lo que no sabe. El pastor y los lobos cumple ambas condiciones, y añade una tercera que no estaba en el contrato: la de un escritor que, al mirar una institución desde dentro, acaba mirándose también a sí mismo sin concederse nada.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








