A Andrés Trapiello le ha ocurrido una cosa curiosa: ha escrito poesía durante casi medio siglo y, sin embargo, mucha gente sigue pensando en él antes como diarista, novelista, ensayista, paseante por Madrid, buscador de libros viejos o polemista que como poeta. Acaso porque su poesía nunca ha hecho demasiado ruido. Y esa es precisamente una de sus virtudes.
Ahora reúne buena parte de ella en La Fuente del Encanto. Poemas de una vida (1980-2026), un libro que tiene algo de balance y bastante poco de despedida. Más de noventa poemas escogidos por el propio autor entre diez títulos, acompañados por páginas en prosa en las que Trapiello vuelve sobre su infancia, sus lecturas, sus maestros, sus amigos y los pequeños accidentes que terminan formando una vida literaria.
La poesía de Trapiello nació en un momento complicado para escribir versos sin levantar la voz. Veníamos de demasiadas escuelas, manifiestos y rupturas. Había que ser moderno de alguna manera, y él decidió serlo regresando a las cosas antiguas: una casa, un árbol, los libros, el campo, una ventana encendida, los muertos, el paso de las estaciones. Todo aquello que parece que ya ha sido escrito mil veces y que, cuando encuentra un poeta verdadero, vuelve a suceder por primera vez.
Desde Junto al agua, publicado en 1980, hasta sus libros posteriores —Las tradiciones, La vida fácil, El mismo libro, Acaso una verdad, Rama desnuda, Un sueño en otro, Segunda oscuridad o Y— hay una sorprendente fidelidad a una manera de mirar. No es una poesía que pretenda explicar el mundo. Se conforma con algo bastante más difícil: mirarlo bien.
Trapiello pertenece a esa familia de escritores para quienes literatura y vida han acabado mezclándose hasta resultar inseparables. Lo que aparece en sus diarios vuelve a sus poemas; lo que encontramos en sus poemas asoma después en una novela o en una página sobre Madrid. El Rastro, los libros encontrados, Las Viñas, los hijos, los amigos, los animales, los jardines, los viajes, las habitaciones de hotel, los escritores muertos. Todo termina entrando en una obra que, pese a sus muchos géneros, parece estar escribiendo siempre el mismo libro.
Quizá por eso esta nueva antología tiene sentido. No se limita a reunir poemas. Trapiello intercala entre ellos su propia memoria y convierte el volumen en una especie de autobiografía poética. La prosa cuenta lo sucedido; los poemas cuentan lo que quedó de aquello. Y no siempre son la misma cosa.
Hay además en su poesía algo que hoy empieza a resultar insólito: claridad. Trapiello no necesita oscurecer un verso para hacerlo profundo. Desconfía del poeta que parece estar permanentemente subido a un escenario. Sus mejores poemas hablan como habla alguien cuando ya no tiene necesidad de impresionar a nadie. Debajo de esa naturalidad, sin embargo, hay oficio, lecturas y una conciencia muy precisa de la tradición.
Porque Trapiello es un escritor profundamente tradicional, siempre que entendamos bien la palabra. Tradición no como museo, sino como conversación. En sus versos pueden escucharse voces antiguas y modernas, españolas y extranjeras, pero ninguna comparece para demostrar erudición. La tradición sirve cuando deja de notarse.
El tiempo ha terminado jugando a su favor. Algunas modas poéticas de los años ochenta y noventa envejecieron deprisa. Los poemas de Trapiello, precisamente porque parecían entonces poco preocupados por resultar novedosos, conservan una rara frescura. Una encina sigue siendo una encina. Una tarde sigue terminándose. Los padres mueren, los hijos crecen, las casas envejecen y nosotros con ellas. No parece mucho material para construir una poética y, sin embargo, probablemente sea todo el material que existe.
La Fuente del Encanto permite además contemplar algo que solo conceden los libros escritos durante muchos años: ver envejecer a quien escribe. El muchacho que publica Junto al agua en 1980 no puede mirar el mundo igual que el hombre que selecciona sus poemas en 2026. Entre ambos están los libros, los viajes, las pérdidas, los afectos y esa acumulación de días que Trapiello ha convertido en el verdadero asunto de su literatura.
No es casual que haya dedicado miles de páginas a escribir un diario. En el fondo, su poesía nace de la misma sospecha: que casi todo lo importante sucede mientras creemos que no está sucediendo nada.
Por eso este libro puede leerse como una antología, pero también como el retrato de un hombre que lleva casi cincuenta años observando cómo pasa el tiempo. Y acaso ahí se encuentre la explicación de toda su obra.
Mientras otros escritores buscaban desesperadamente un lugar en la literatura, Andrés Trapiello parecía ocupado en otra cosa: paseaba, compraba libros, plantaba árboles, miraba caer la tarde y escribía.
Resulta que la literatura estaba allí.








