Hay libros que uno sabe, antes de abrirlos, que llevan mucho tiempo en camino. No porque el autor lo diga — aunque a veces lo diga — sino porque se nota en cómo están escritos: con la urgencia tranquila de quien por fin ha encontrado las palabras para algo que llevaba demasiado tiempo sin palabras.
Koljós es ese libro para Emmanuel Carrère. Dieciocho años después de publicar Una novela rusa — aquel libro que le costó la relación con su madre, que para quienes lo leyeron fue también un sacudón sobre los límites de la autoficción — Carrère vuelve al territorio que más le ha costado. Vuelve a las raíces rusas de su madre, a la historia de una familia que atravesó la Revolución, el exilio de los blancos, las guerras mundiales, el derrumbe soviético y el Putin de hoy. Y lo hace, esta vez, de otra manera.
Porque Koljós no es un ajuste de cuentas. No es una disculpa tampoco, que sería demasiado fácil. Es algo más complicado y más interesante: una forma de comprender que la escritura puede ser, en determinadas condiciones, un acto de amor aunque también haya sido un acto de traición. Carrère no resuelve la contradicción. La habita, que es lo que saben hacer los buenos escritores cuando se topan con algo que no tiene solución limpia.
Lo que me ha llegado más en el libro es la manera en que la historia grande entra en las vidas pequeñas sin pedirles permiso. La revolución, el kolkhoz, el gulag, la guerra fría: todo eso pasa por encima de gente que solo quería vivir su vida, criar a sus hijos, tener un sitio donde dormir. Carrère lo cuenta con una precisión que nunca es fría — es la precisión de quien ha tenido que aprender a no llorar para poder escribir — y el resultado es una genealogía que es también un tratado sobre lo que hereda uno sin saberlo.
Hay una frase en el libro, hacia la mitad, que me detuve a releer dos veces. Dice algo así como que los traumas familiares no se transmiten: se instalan. La diferencia importa. Lo que se transmite viene de fuera; lo que se instala es ya tuyo, ya está dentro, y quitárselo de encima requiere otro tipo de trabajo. No sé si Carrère la escribió pensando en su madre o en sí mismo. Probablemente en los dos.
Anagrama lleva años haciendo bien su trabajo con él, y esta traducción no es la excepción. Koljós es uno de los libros europeos más importantes de este año. No porque sea el más espectacular, sino porque es el más honesto — y eso, en la literatura de no ficción, es siempre la virtud más difícil de conseguir.
— Ángela de Claudia Soneira








