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Presentes, de Paco Cerdà. Cuatrocientos sesenta y siete kilómetros a hombros

Permítanme empezar por una cifra, que es lo único que no admite discusión en este asunto. Cuatrocientos sesenta y siete kilómetros. Eso es lo que separa el cementerio de Alicante del monasterio de El Escorial, y eso es lo que recorrieron a hombros, durante once días y diez noches del otoño de 1939, los falangistas que trasladaron el cadáver de José Antonio Primo de Rivera. A pie. Con antorchas. Entre hogueras encendidas en los cerros, arcos de triunfo con su nombre, crespones negros, brazos en alto y una escenografía que no había improvisado nadie.

De eso trata Presentes, el libro con el que Paco Cerdà ganó el año pasado el Premio Nacional de Narrativa, y que Alfaguara publicó en 2024. Digo que trata de eso y miento a medias, porque el traslado es solo la mitad del asunto. La otra mitad, la que de verdad le importa al autor, es lo que estaba ocurriendo mientras tanto en el resto del país, que no salía en los periódicos ni en el NO-DO.

Les diré lo que hace Cerdà, que es sencillo de explicar y endiabladamente difícil de ejecutar. Alterna. Un tramo del cortejo, y a continuación una voz. Otro tramo, otra voz. Y las voces son las de la gente que aquel mismo otoño estaba siendo fusilada, encarcelada, depurada, metida en un campo de concentración o en un batallón de trabajadores. Maestros que perdieron la escuela. Mujeres que se quedaron esperando en la puerta de una prisión. Hombres que cruzaron la frontera para no volver. Vencidos, sí, pero también —y esto es de las cosas más certeras del libro— vencedores desgraciados para siempre, porque la victoria de 1939 dejó tarados a muchos de los que la celebraron.

El título lo explica todo y no hace falta glosarlo. Presente era la fórmula con que la Falange pasaba lista a sus muertos: se decía el nombre y los vivos respondían por él. Cerdà se apropia del rito y lo invierte. Nombra a los otros. A los que el régimen se dedicó a borrar con una minuciosidad administrativa que todavía hoy pone los pelos de punta. Los pone ahí, en la página, al lado del féretro que avanza. Presentes.

Hay que decir que el libro podría haber salido mal por varios sitios. Podría haber sido un panfleto, que es la tentación fácil cuando el material es este. Podría haber sido un ejercicio de virtuosismo formal, que es la otra tentación, la de los que confunden la estructura con la literatura. Y no es ninguna de las dos cosas. Cerdà escribe con una contención que a ratos duele: no adjetiva la crueldad, no subraya la infamia, no le explica al lector lo que tiene que sentir. Se limita a poner los hechos uno detrás de otro con una prosa seca y exacta, y deja que el contraste haga su trabajo. Es el procedimiento más antiguo del oficio y sigue siendo el mejor.

Lo que consigue con ello es algo que la historiografía, por su propia naturaleza, tiene difícil: hacer visible la simultaneidad. Todos sabemos, en abstracto, que la construcción del mito franquista y la represión de posguerra fueron dos caras de lo mismo. Una cosa es saberlo y otra leerlo en párrafos alternos, con las fechas coincidiendo. Ahí se entiende de golpe que la liturgia no era un adorno del régimen sino una parte de su maquinaria, y que la gente que llevaba el ataúd y la gente que llenaba las cárceles pertenecían al mismo mes del calendario.

El jurado del Premio Nacional habló de maestría estilística y de un lirismo tan natural como impactante, y de una crónica coral que aborda un episodio a la vez solemne y grotesco. Esa última palabra es la buena. Grotesco. Porque lo es. Once días cargando un muerto por media España mientras el país se desangraba en silencio tiene algo de aquelarre y algo de mal chiste, y Cerdà lo capta sin necesidad de hacer ni una sola broma.

No es el primer libro que este hombre escribe de esta manera. Quien haya leído 14 de abril reconocerá el método: un acontecimiento célebre puesto en relación con todo lo que ocurría alrededor y que nadie miraba. Pero aquí el material es más duro y el resultado es mayor. Se ha traducido a siete lenguas, ha ganado además el Ojo Crítico y el Zenda, y ha recibido elogios de Cercas, de Muñoz Molina y de Ian Gibson, que lo llamó imprescindible. Por una vez, el adjetivo está bien empleado.

Sé que este es un libro de hace dos años y que las revistas literarias tenemos la costumbre estúpida de hablar solo de lo que acaba de llegar a la mesa de novedades. Me da lo mismo. Hay libros que no caducan porque el asunto del que hablan tampoco ha caducado, y este es uno. Léanlo. Y si ya lo leyeron, préstenselo a alguien que crea que aquello se arregló solo.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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