Libros y LecturasReseñas y Crítica

Rechazo, de Tony Tulathimutte. Siete maneras de quedarse fuera

Se ha vendido Rechazo, el segundo libro de Tony Tulathimutte, como la gran sátira de internet de su generación. Lo es, pero decirlo así deja fuera lo que hace que el libro incomode de verdad: aquí nadie es víctima de un algoritmo. Los personajes se hunden solos, con método, y la red se limita a proporcionarles el escenario y el público.

AdN lo publicó en febrero con traducción de Manuel Cuesta, casi diez años después de Ciudadanos privados, aquella primera novela sobre cuatro recién graduados de Stanford perdidos en San Francisco. El nuevo libro es formalmente un volumen de siete relatos que se comunican entre sí sin llegar a constituir una novela: hay personajes que reaparecen, hay un ambiente común, pero lo que une el conjunto es un procedimiento, no una trama. La tradición a la que se acoge es reconocible, la del ciclo de relatos que retrata una comunidad, y sin embargo el resultado no se parece a nada de esa tradición, porque la comunidad que retrata no comparte un pueblo sino una herida.

El libro abre con una cita de Emerson: más queridos son aquellos que nos rechazan por indignos, porque nos añaden otra vida. La ironía de ponerla ahí queda clara en el primer relato. En El feminista, un hombre sin nombre construye durante años una identidad de aliado impecable, convencido de que la corrección le será devuelta en forma de afecto, y cuando comprende que la transacción no existe se derrumba hacia lugares que el lector ve venir con creciente malestar. Es el relato que más se ha citado y el que más se ha malinterpretado: no es una parodia del feminismo, es un retrato de alguien que confundió la ética con una estrategia de seducción.

En Fotos, Alison vive el duelo de una relación que nunca llegó a existir. Ahegao aborda la represión sexual por la vía del ridículo. El personaje clave, que ocupa unas noventa páginas y funciona más como novela breve que como relato, es la pieza mayor del conjunto y la que justifica el libro entero. Dieciséis metáforas se cierra con un juego etimológico que el autor deja caer casi como una disculpa: metáfora significa llevar cruzando, rechazo significa lanzar de vuelta. Y Re: Rechazo simula la carta con que un editor devuelve el manuscrito de este mismo libro, un gesto que en manos menos hábiles sería una pirueta y que aquí resulta ser la única salida honesta.

Hay que insistir en una cosa: la comparación con Bret Easton Ellis o con Palahniuk, que ha circulado en varias reseñas, es engañosa. Aquellos escribían sobre personajes que se rebelaban contra el mundo, aunque fuera de forma abyecta. Los de Tulathimutte no se rebelan contra nada. Se autohumillan, se graban haciéndolo y esperan que alguien lo vea. La violencia no va dirigida hacia fuera sino hacia dentro, y lo que el libro observa con precisión clínica es el momento exacto en que la búsqueda de aceptación se convierte en su contrario.

Esto plantea un problema de lectura que conviene no esquivar. Tulathimutte escribe muy bien, con un oído extraordinario para los registros del inglés de internet —el foro, el hilo, el mensaje directo, la disculpa pública—, y la traducción de Cuesta resuelve con solvencia un material que en castellano podría haberse vuelto ilegible. Pero la brillantez formal genera un efecto secundario incómodo: el lector se ríe. Se ríe mucho. Y la risa establece una distancia que protege, que permite mirar a estos personajes como especímenes en lugar de reconocerse en ellos. El libro es consciente de esa trampa —el relato final la nombra explícitamente— y no está claro que consiga desactivarla.

Conviene decir también que el conjunto es desigual. Los relatos centrales sostienen la tensión con menos solidez que los que abren y cierran, y hay páginas en las que la acumulación de crueldad funciona por inercia más que por necesidad. En un libro cuyo tema es el exceso, la acusación de exceso resulta casi tautológica, pero eso no la vuelve inválida.

Lo que queda, en todo caso, es un diagnóstico que ninguna otra ficción reciente ha formulado con esta exactitud. La red no ha creado el deseo de ser aceptado; se ha limitado a convertirlo en una métrica pública, permanente y verificable. Cuando la aceptación se puede contar, el rechazo también, y ahí es donde Tulathimutte encuentra su material. Sus personajes no viven en internet: viven en la contabilidad que internet les devuelve de sí mismos.

Es uno de los libros más incómodos que se han traducido este año y merece discutirse fuera del marco generacional en que se lo ha encajado. No habla de los jóvenes. Habla de cualquiera que haya intentado alguna vez ser querido y haya llevado la cuenta.

— Ana María Olivares

Noticias relacionadas

Una advertencia, de Jane Smiley. Un capítulo por año, o cómo se mide el tiempo en una familia