La romantasy lleva años instalada en lo más alto de las listas de ventas y buena parte de la crítica literaria sigue sin decidir qué hacer con ella: la mira de reojo, la despacha en un párrafo condescendiente o directamente la ignora. Conviene decir desde el principio que ese desdén es un error, y que La guerra de los corazones perdidos, de Carissa Broadbent, es un buen sitio para empezar a corregirlo.
Broadbent es uno de los nombres que han convertido este género en un fenómeno global. Llega a España con cifras de venta millonarias y una legión de lectoras detrás, la mayoría jóvenes, la mayoría formadas en las recomendaciones que circulan por las redes antes que en los suplementos culturales. Y llega, además, con una saga de fantasía romántica que no se conforma con el molde. Hay que insistir en esto, porque el prejuicio habitual da por hecho que un superventas de romantasy es siempre lo mismo. No lo es.
La historia arranca con Tisaanah, una mujer arrancada de su tierra natal cuando era niña y que, por eso mismo, no sabe lo que es la libertad. Para rescatar al amigo que dejó atrás deberá infiltrarse en las Órdenes, las organizaciones mágicas más poderosas de ese mundo, bajo la tutela de Max, un mago de fuego huraño y, esto no sorprenderá a nadie, atractivo. A partir de ahí el esquema es reconocible: el aprendizaje, la tensión entre los dos, el pasado sangriento que él quiere enterrar y que amenaza con volver. Lo que distingue al libro no es el esqueleto, que es el del género, sino lo que la autora decide colgar de él.
Porque debajo de la historia de amor hay una novela sobre la esclavitud, sobre lo que significa no haber sido nunca dueña del propio cuerpo ni del propio destino. Tisaanah no es la heroína pasiva que el género arrastra desde hace décadas: es alguien que negocia, que calcula, que usa el poder que tiene, incluido el erótico, como una herramienta más de supervivencia. Broadbent escribe el deseo sin pudor y sin coartada, y esa franqueza, que algunos leerán como concesión comercial, es en realidad una toma de posición. El cuerpo importa. El placer importa. Decirlo en voz alta, en un género leído mayoritariamente por mujeres, sigue teniendo un punto de reivindicación que no conviene pasar por alto.
No todo funciona igual de bien. La novela tiene la desmesura propia de su género: hay tramos donde la trama política se enreda más de la cuenta, un mundo tal vez demasiado poblado de nombres y de facciones, y un ritmo que en la segunda mitad se acelera hasta el atropello. Broadbent, como tantas autoras del ramo, escribe pensando en el ciclo completo, pues esta es solo la primera entrega de una saga más amplia, y a veces se le nota el andamiaje del tomo siguiente asomando por debajo del presente. Son costuras visibles. Pero son las costuras de un libro que se atreve a mucho, no las de un producto fabricado en cadena.
Lo que de verdad me interesa, en el fondo, es lo que este éxito dice de nosotros. Millones de lectoras, y no solo adolescentes, han decidido que quieren historias donde el amor y el poder se negocian de igual a igual, donde la fantasía sirve para imaginar otras formas de deseo y de libertad. No es un capricho pasajero ni una moda de redes que vaya a evaporarse el año que viene: es una demanda cultural de fondo, y conviene tomarla en serio en lugar de despacharla con una sonrisa. La crítica puede seguir mirando hacia otro lado, pero se estará perdiendo una de las conversaciones más vivas que ocurren hoy alrededor de la ficción. Y las conversaciones que de verdad importan casi nunca empiezan en los sitios donde se supone que deberían empezar.
La guerra de los corazones perdidos no es una obra maestra y no pretende serlo. Es algo quizá más útil: una puerta de entrada estupenda a un género que ha venido para quedarse y al que va siendo hora de leer en serio, con exigencia y sin condescendencia. Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga. Y más de una.
— Ana María Olivares









