La otra noche vi por casualidad, en uno de esos programas culturales que ya casi nadie hace, el momento en que Gonzalo Celorio recibía el Premio Cervantes de manos de los Reyes. Y me quedé con una frase suya, la primera que dijo, dirigida a su padre: «Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después». No sé por qué esa frase se me quedó pegada más que ninguna otra de las muchas que se dijeron esa tarde en el Paraninfo de Alcalá, pero una tiene sus motivos, que no siempre sabe explicar del todo, y ese era uno de ellos: la promesa cumplida, la deuda saldada con alguien que ya no está para verlo.
Fui, como se hace ahora, a buscar sus libros, y me detuve en uno que no es el más citado de su obra pero que a mí me parece el más entrañable: Mentideros de la memoria. Lo publicó Tusquets en 2022, antes del premio, cuando a Celorio nadie le pedía todavía discursos ni le hacían perfiles en los periódicos. Y sin embargo ahí estaba ya, sin saberlo, escribiendo su propio homenaje adelantado: veinte retratos de escritores a los que trató, quiso, admiró y a veces sufrió, dispuestos sin orden cronológico, como se ordenan los recuerdos de verdad, que no respetan calendario.
Ahí desfilan Arreola, Cortázar, Rulfo, Fuentes, Monterroso, García Márquez, Dulce María Loynaz, Umberto Eco. Nombres que a cualquier lector le suenan a estantería solemne, a foto en blanco y negro. Pero Celorio no los trata como estatuas: los trata como se trata a la gente con la que se ha comido, discutido y hecho las paces muchas veces. Cuenta la indiscreción con cariño, la manía con ternura, el defecto sin regodeo. Y ese gesto —que podría parecer una simple colección de anécdotas de café literario— se convierte, según se avanza en la lectura, en algo mucho más serio: una manera de decir que la literatura no ocurre en el vacío, que detrás de cada libro que una ha subrayado hay una persona con sus rarezas, y que la memoria de esas rarezas también es, a su modo, literatura.
Hay algo en el oficio de Celorio —ensayista, novelista, editor, y él mismo lo ha dicho así— que resulta muy poco frecuente: escribe siempre desde el yo, pero nunca para hablar de sí mismo. Se pone en medio para dejar pasar a los demás, como quien abre la puerta y se aparta. Su «literatura del yo», que así la llama, no es la del ombligo, sino la de la memoria compartida: la familia migrante entre España, Cuba y México, la Revolución y la Guerra Civil metidas en el mismo relato familiar, sin subrayar ninguna de las dos como más importante que la otra.
Una se pregunta, leyendo estos retratos, si no será eso lo que de verdad se premia cuando se premia una trayectoria: no el libro más ambicioso ni el más vendido, sino esa fidelidad tozuda a contar lo que se ha visto y a quienes se ha querido, sin edulcorarlo pero sin ajustar cuentas tampoco. Celorio no escribe para quedar bien con nadie, ni siquiera con los muertos que retrata. Escribe, se diría, para que no se les olvide del todo, que ya es bastante.
Al terminar el libro me quedé pensando en cuántas veces una guarda una conversación entera de alguien querido en una sola frase, y en lo poco que hace falta, a veces, para que esa frase sobreviva cincuenta años y termine, sin que nadie lo planeara, en un discurso de premio. Mentideros de la memoria está lleno de esas frases guardadas, de esas migajas que a nadie más le dicen nada y que a una, sin embargo, le reorganizan la tarde entera. Y ahora, con el Cervantes ya entregado, se lee de otra manera: ya no como el libro de un escritor que retrata a sus mayores, sino como el borrador, sin que él lo supiera, de su propio lugar entre ellos, escrito varios años antes de que nadie se lo pidiera.
Pienso también, y esto ya es cosa mía y no del libro, en lo raro que resulta que a un escritor le den el premio más importante de la lengua por el conjunto de una obra y que uno, buscando por dónde entrar a esa obra, termine encontrando la puerta más pequeña y no la más vistosa. Podría haber empezado por sus novelas más ambiciosas, por Amor propio o por Y retiemble en sus centros la tierra. Pero una entra donde puede, y a mí me entró este libro de retratos, que no pretende demostrar nada y por eso mismo demuestra tanto.
Merece la pena que se dejen encontrar por este libro, aunque no conozcan a la mitad de los nombres que aparecen en él. No hace falta haber leído a Arreola ni haber discutido nunca con Cortázar para reconocer ese gesto tan sencillo y tan difícil: mirar de frente a la gente que se ha querido, sin idealizarla y sin ajustarle las cuentas. Al final una no se queda con los nombres, sino con la manera en que se los recuerda, y con las ganas de llamar a alguien esta misma noche para contarle algo que llevaba tiempo callado.
— Ángela de Claudia Soneira








