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El libro moebius, de Catherine Lacey. Dos textos que se pliegan uno sobre otro hasta confundirse

Una de las cuestiones más persistentes de la narrativa contemporánea es la de los límites entre lo vivido y lo inventado, una frontera que muchos autores cruzan con menos rigor del que presumen. Catherine Lacey, que ya había demostrado en Biografía de X un dominio poco común de ese terreno resbaladizo, lo lleva en El libro moebius a una de sus formulaciones más radicales y, conviene decirlo, más logradas.

El libro es, en sentido literal, dos libros en uno. Por un lado, un ensayo personal; por otro, una novela breve, completamente imaginada y sin embargo verdadera, según la propia paradoja que el volumen propone. Ambas piezas pueden leerse en cualquier orden, y de esa reversibilidad nace su título: como la cinta de Möbius, la narración se pliega sobre sí misma una y otra vez, de modo que el lector nunca sabe del todo en qué cara de la superficie se encuentra.

El origen es biográfico. Tras una ruptura inesperada, Lacey empezó a escribir sobre lo que quedaba de su vida anterior, y esa escritura se bifurcó en dos caminos: el del ensayo, que reflexiona sobre el amor, la fe, el dinero y el sexo, y el de la ficción, que narra el reencuentro de dos amigas después de muchos años. Lo notable es que ninguno de los dos textos funciona como simple comentario del otro. Se amplifican, se contradicen, se iluminan mutuamente, y obligan al lector a un trabajo de relación que es tan exigente como estimulante.

Conviene detenerse en lo que esa estructura busca. No estamos ante un mero juego formal, ante el alarde de quien quiere demostrar que sabe romper la linealidad. La forma está al servicio del fondo: si el libro se pliega es porque la experiencia que lo origina —el final de una relación, el derrumbe de unas certezas— no admite el relato ordenado de principio a fin. Lacey ha encontrado una arquitectura que es, ella misma, una manera de pensar la pérdida. Y eso, en un panorama de autoficción a menudo perezosa, no es poca cosa.

Resulta inevitable poner el libro en relación con Biografía de X, su obra anterior, donde Lacey ya había falsificado una biografía hasta volver indistinguibles el documento y la invención. Hay en ambos una misma desconfianza hacia la verdad única, hacia el relato que se presenta como definitivo. Pero si aquella novela jugaba con la impostura desde la distancia, esta lo hace desde la herida propia, lo que la vuelve más arriesgada. La autora se expone aquí de un modo que su libro anterior, más cerebral, no exigía. Y esa exposición es, paradójicamente, lo que la salva de quedar en mero ejercicio de ingenio.

La voz mantiene un registro de notable inteligencia, capaz de moverse de la confidencia más íntima a la especulación abstracta sin que se note la juntura. Hay ironía, hay vulnerabilidad, y hay una libertad imaginativa que le permite ver verdad en lo fantástico y fantasía en lo verdadero. La autora no teme la ambigüedad; al contrario, la cultiva como método de conocimiento.

No es una lectura cómoda ni pretende serlo. Pide un lector activo, dispuesto a sostener la incomodidad de no saber dónde termina la confesión y dónde empieza la invención. Quien busque la satisfacción de una historia cerrada se sentirá, probablemente, frustrado. Pero esa frustración es deliberada, y forma parte del sentido del libro: Lacey quiere que dudemos, que volvamos atrás, que nos preguntemos qué habíamos creído entender.

Hay un mérito añadido que conviene subrayar: la valentía de no protegerse. Lacey podría haber escrito el ensayo a solas, o la novela a solas, y firmar un libro redondo y manejable. Ha preferido el riesgo de juntarlos y dejar que rocen, que se estorben, que se desmientan. Esa incomodidad asumida es lo que distingue a una autora que piensa de otra que se limita a contar lo que le ha pasado.

El libro moebius confirma a Catherine Lacey como una de las voces más originales de la narrativa anglosajona actual, una autora que entiende la forma no como decoración sino como pensamiento. Es un libro desafiante, de una vulnerabilidad poco frecuente, sobre los finales y los comienzos y sobre lo que permanece cuando lo que dábamos por seguro se desmorona. De los que se quedan dando vueltas mucho después de cerrarlos, que es la mejor señal de que algo importante ha ocurrido en sus páginas.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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