Hay una pregunta que recorre buena parte de la literatura del duelo y que rara vez se formula de manera tan desnuda como en este libro: qué se hace con una muerte cuando la forma en que ha llegado impide cerrarla. Reliquia, la nueva obra de Pol Guasch, nace de esa imposibilidad. El suicidio de un padre ha dejado el duelo suspendido, como una frase sin terminar, y diez años después el narrador emprende una búsqueda que es a la vez familiar, literaria y emocional.
Conviene situar el libro en la trayectoria de su autor. Guasch llegó hace pocos años con Napalm en el corazón, una primera novela de notable potencia imaginativa que lo señaló enseguida como una de las voces jóvenes a seguir. Reliquia se mueve en un territorio distinto, más interior y más desarmado: donde aquella apostaba por la fábula y la distopía, esta se inclina sobre un dolor concreto y sobre la pregunta de si la escritura puede hacer algo con él. El cambio no es una claudicación, sino una maduración: el autor se atreve ahora con un material que no admite el refugio de la invención.
Lo interesante reside en el modo en que el libro construye su propia arquitectura. Cuando la memoria personal se revela insuficiente —porque el recuerdo, ya se sabe, es un material poroso y traidor—, la escritura busca apoyo en otras voces. Guasch recurre a las biografías de escritores que se quitaron la vida, a sus últimas notas, a los rastros que dejaron antes de desaparecer, y con esos materiales levanta una narración coral en la que la reflexión sobre la muerte convive con una indagación sobre la amistad, el amor y el propio acto de escribir.
Hay una tradición a la que el libro se asoma sin nombrarla en exceso y con la que dialoga de igual a igual: la de quienes han hecho de la pérdida materia de escritura sin caer en la impudicia, de Roland Barthes y su Diario de duelo a la Joan Didion de El año del pensamiento mágico. Guasch añade a esa estirpe una vuelta de tuerca: aquí el duelo no solo se narra, se interroga a sí mismo, se pregunta si tiene derecho a convertirse en literatura. Esa conciencia incómoda, lejos de entorpecer el relato, lo dota de una honestidad que muchos libros del género, más resueltos y más complacientes, no alcanzan.
Esa decisión formal es la que salva al libro del riesgo que acecha a toda escritura del duelo: el de convertirse en una efusión privada que solo importa a quien la padece. Al abrir su pérdida hacia la de otros, al ponerla en diálogo con una tradición de finales abruptos, Guasch transforma la herida particular en una meditación de alcance más amplio. No se trata de consolar, ni de explicar; se trata de acompañar, que es algo más difícil y más honesto.
La prosa se mantiene en un registro contenido, de cadencia reflexiva, que evita tanto el patetismo como la frialdad. Hay un fondo lírico que asoma en momentos escogidos y que nunca se derrama, lo cual, tratándose de un poeta —porque Guasch lo es antes que novelista—, tiene su mérito. La tentación de embellecer el dolor, de hacerlo literariamente vistoso, queda aquí desactivada por una voz que prefiere la precisión a la emoción fácil.
No es un libro cómodo, ni pretende serlo. Pide una lectura atenta, dispuesta a moverse entre la confesión y el ensayo, entre la elegía y la indagación. Quien busque una historia de líneas claras y consuelo final no lo encontrará aquí. Lo que encontrará, en cambio, es algo más valioso: la constancia de una inteligencia que se niega a mentir sobre lo que duele.
Reliquia confirma a Pol Guasch como un escritor que no se contenta con repetir el hallazgo de su primer libro y que está dispuesto a arriesgar en cada entrega. Es, en el fondo, una reflexión sobre los límites de la palabra ante aquello que se nos escapa, y sobre por qué, aun sabiendo que la palabra no alcanza, seguimos escribiendo. Libros como este recuerdan que la literatura sigue siendo necesaria precisamente allí donde los archivos, las explicaciones y los consuelos se quedan cortos. Que un autor todavía joven se atreva con un material así, y no se estrelle, es la mejor noticia que trae el libro.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








