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El baile de las criadas, de Marta Platel. La historia que se escribe desde la cocina

La novela histórica española viene explorando desde hace años, con fortuna desigual, los huecos que la historia oficial dejó abiertos allí donde no convenía mirar: los años de posguerra, sobre todo, ofrecen todavía territorios apenas transitados por la ficción, zonas donde conviven la miseria cotidiana y las complicidades que el relato oficial prefirió olvidar. El baile de las criadas, con el que Marta Platel ha obtenido el Premio de Novela Fernando Lara en su trigésima primera edición, se instala en ese territorio con una ambición mayor de la que suele acompañar a este tipo de propuestas, y lo hace además desde un punto de observación poco frecuentado: no el salón, sino la cocina; no la familia acomodada, sino el servicio que la sostiene.

La acción transcurre en la Barcelona de 1941, ciudad todavía abierta en canal por la Guerra Civil reciente, sometida ya al peso administrativo y moral del franquismo, y atravesada —este es el dato que da a la novela su verdadero interés histórico— por una presencia nazi discreta pero activa, sostenida por redes de negocios y lealtades que la posguerra española no siempre se ha atrevido a mirar de frente. Platel sitúa en el centro de ese decorado a Melisa Arranz, joven llegada de Burgos para servir en casa de los Llebrera, una familia de la burguesía catalana de la época. El planteamiento, en un primer momento, parece responder al molde previsible del ascenso o la caída de la muchacha humilde en casa ajena; conviene subrayar, sin embargo, que ese molde es precisamente el que la novela utiliza para desmontarlo desde dentro.

Lo interesante aquí reside en la manera en que Platel construye la voz de Melisa: no como testigo pasivo de un mundo que la excede, sino como sujeto que observa, calcula y, poco a poco, actúa. El baile del título —escena de apariencia ligera, casi de comedia de salón— funciona como bisagra narrativa: es allí donde Melisa conoce a un hombre cuya identidad resultará no ser la que aparenta, y a partir de ese encuentro la novela vira hacia el thriller sin renunciar por ello a su andamiaje de novela histórica. Merece la pena detenerse en ese tránsito de registro, que en manos menos seguras habría resultado forzado: Platel sostiene el pulso narrativo alternando la intriga de folletín con el rigor documental sobre las redes nazis en la Barcelona de posguerra, un asunto que la historiografía ha tratado con más detalle que la narrativa y que aquí encuentra, por fin, una traducción novelesca solvente.

No obstante, el mayor acierto del libro no está en la trama de espionaje y dobles identidades, que cumple su función sin pretensiones excesivas, sino en la decisión de situar el punto de vista en quien habitualmente queda fuera del relato: las mujeres pobres, las empleadas del hogar, las jóvenes obligadas a sobrevivir en un tiempo hostil sin más patrimonio que su trabajo. Ese desplazamiento del foco —de la señora al servicio, del salón a la cocina— recuerda por su propósito, aunque no por su procedimiento, a otras novelas recientes que han buscado reconstruir figuras borradas por la potencia de quienes las rodeaban. Platel no idealiza a sus criadas ni las convierte en heroínas de manual: las deja actuar con el margen estrecho, contradictorio y a veces mezquino que la supervivencia impone.

Conviene subrayar también el tratamiento del tiempo. La novela avanza con un pulso deliberadamente lento en su primer tercio, casi costumbrista, para acelerar después conforme las revelaciones se acumulan; esa asimetría, lejos de desequilibrar el conjunto, permite que el lector llegue a las escenas de mayor tensión con un conocimiento denso del mundo doméstico que las sostiene, de modo que la intriga nunca flota en el vacío sino que se apoya en una arquitectura social minuciosamente levantada en las primeras cien páginas.

Es, en definitiva, una novela que sabe lo que quiere y que lo consigue sin necesidad de forzar sus propios mecanismos: ni la intriga histórica devora a los personajes, ni la reivindicación de las voces silenciadas se queda en gesto programático. El baile de las criadas quedará, sobre todo, por haber sabido dar densidad narrativa a un episodio —la connivencia nazi en la Barcelona de los años cuarenta— que la ficción española había dejado casi enteramente en manos de la historiografía, y por haberlo hecho, además, sin renunciar a mirar el periodo desde abajo, desde quienes lo sirvieron sin que nadie después se acordara de preguntarles cómo lo habían vivido.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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