Se ha dicho de Yasmina Reza que es fundamentalmente una autora teatral que de vez en cuando escribe novelas. Hay que decirlo con más precisión: Reza es una autora que domina el conflicto dramatúrgico y que en sus novelas lo aplica con una conciencia exacta de sus consecuencias narrativas. Casos reales no es teatro disfrazado de prosa. Es novela, y novela de la mejor especie: la que sabe exactamente qué está haciendo.
El libro toma su título de manera deliberadamente ambigua. Los casos que se narran son reales en el sentido de que se presentan con la textura de lo vivido: sin el pulimento del relato que ya se ha digerido, con las esquinas vivas, con los silencios en los lugares equivocados. Reza trabaja desde hace años esta frontera entre el documento y la ficción —ya lo hizo en Serge— pero aquí la lleva a un punto de mayor desestabilización. El lector no puede estar seguro de qué es verdad y qué es construcción, y Reza no va a ayudarle. Esa incomodidad es, precisamente, el tema.
Conviene decir desde el principio que no estamos ante un libro fácil de consumir. La prosa de Reza —traducida aquí con solvencia— no acomoda al lector. No hay trama en el sentido convencional, no hay personajes que pidan simpatía, no hay resolución que relaje la tensión acumulada. Lo que hay son situaciones: personas en momentos de presión, de duelo, de pequeña o gran humillación, y el modo en que esas situaciones revelan algo que de otro modo permanecería oculto.
La recepción crítica de Casos reales en Francia fue entusiasta pero algo imprecisa: se habló de retrato de la burguesía con una comodidad que deja fuera lo más interesante del libro. Reza no está haciendo sociología. Está haciendo otra cosa: está mirando cómo las personas construyen relatos de sí mismas para sobrevivir, y cómo esos relatos colapsan en los momentos que importan. El libro no es un retrato de clase; es una disección del mecanismo narrativo con el que todos nos defendemos del mundo.
Las escenas más logradas —y hay varias que son de una precisión que corta— funcionan por acumulación de pequeños detalles que en otro contexto serían insignificantes. Reza ha aprendido del teatro que el gesto importa tanto como la palabra, y lo traslada a la prosa con una economía que no se puede fingir. Cada frase lleva su peso y no uno más.
Hay que insistir en una cosa: Casos reales no es una lectura para quienes buscan que el libro les caiga bien desde el principio. Pide distancia, pide paciencia, pide que el lector renuncie a ser consolado. Quienes estén dispuestos a eso encontrarán uno de los libros más honestamente perturbadores publicados en lo que va de año.
Este es el tipo de libro al que merece la pena dedicarle una discusión larga, y más de una.
— Ana María Olivares









