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Chantaje, de Luis García-Rey. La presión como forma de conocimiento

La novela española contemporánea ha explorado con insistencia variable el territorio del poder y sus servidumbres. Lo ha hecho a veces desde el ensayo disfrazado de ficción, y otras desde la precisión narrativa que convierte una situación concreta en una metáfora exacta. Chantaje, la nueva novela de Luis García-Rey, pertenece a esta segunda categoría.

García-Rey lleva una trayectoria que ha ido afinando su dominio de la intriga sin renunciar a la densidad de los personajes. En obras anteriores mostró ya una habilidad para construir situaciones de presión psicológica donde el conflicto exterior es apenas la superficie de algo más hondo. En Chantaje esa habilidad alcanza su expresión más depurada.

La novela arranca con una situación aparentemente sencilla: alguien sabe algo que otro preferiría que no supiera. El andamiaje clásico del chantaje, en suma. Lo interesante aquí reside en que García-Rey no está especialmente interesado en el misterio —quién sabe qué, qué se esconde— sino en la mecánica de la relación que el chantaje establece entre dos personas. Conviene detenerse en esta decisión, porque define todo el libro: la trama importa menos que la anatomía moral de quienes la protagonizan.

La voz narradora trabaja con una distancia calculada que le permite observar a ambos lados del conflicto sin adscribirse del todo a ninguno. Esta neutralidad no es frialdad: es una forma de rigor que resulta más inquietante que la denuncia explícita. García-Rey construye a su antagonista con tanta precisión como a su protagonista, y eso hace que la lectura sea incómoda de una manera productiva. No hay a quién aferrarse. Hay que seguir avanzando con la incomodidad, y eso es justamente lo que el libro pide.

No obstante, la novela no renuncia a la emoción. Merece la pena subrayar los pasajes que transcurren en espacios cerrados, en conversaciones a dos, donde la tensión se sostiene con un control de la prosa que recuerda en su planteamiento a lo mejor de la novela negra europea: esa tradición que va de Simenon a Dürrenmatt y que entiende el crimen o el chantaje no como un problema policial sino como un revelador de caracteres. La influencia es reconocible pero nunca aplastante; García-Rey ha asimilado esos modelos y los ha convertido en algo propio.

La resolución del conflicto es coherente con la lógica interna del libro y rehúye el doble recurso del final tranquilizador y del final oscuro por oscuro. Lo que García-Rey propone es algo más difícil: un desenlace que deja al lector con la responsabilidad de interpretarlo. Es la señal de que estamos ante un autor que respeta a quien lee.

Hay también una dimensión social que el libro maneja con discreción pero con firmeza. El chantaje no ocurre en el vacío: ocurre en un contexto económico y de clase determinado, y García-Rey se asegura de que ese contexto pese sin necesidad de convertirlo en tesis. Los personajes cargan con su mundo, y su mundo es reconocible. Esa anchura de fondo es lo que distingue a esta novela de la intriga bien ejecutada pero hermética.

Es, en definitiva, una novela sólida, bien construida y moralmente exigente. Y, en el panorama actual de la narrativa española, eso es bastante más de lo que suele pedirse.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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