El thriller de espionaje español ha tardado en encontrar voces propias. Durante demasiados años, el género se importaba casi en su totalidad del mundo anglosajón, y las excepciones locales solían pecar de un exceso de patriotismo o de una ingenuidad técnica que el lector más exigente notaba enseguida. Inés Plana, que ya demostró con sus novelas anteriores protagonizadas por el capitán Julián Tresser que el procedimiento policial puede sostenerse con rigor y con pulso narrativo al mismo tiempo, da en Las espías y el enigma Aquiles un salto de escala que vale la pena reconocer.
La trama arranca en Atenas: Tresser viaja a una reunión policial internacional que debería ser rutinaria y recibe, nada más llegar, una nota anónima. Minutos después, un yate explota en el puerto y varios agentes de inteligencia mueren. La elección no ha sido casual: alguien quería que Tresser estuviera allí para verlo. Lo que sigue es una novela de espionaje a la europea, con servicios de inteligencia de varios países en juego, una amenaza que puede desestabilizar gobiernos y ese tipo de urgencia que obliga a seguir leyendo porque uno siente que si se para perderá el hilo.
Lo que Plana hace mejor es la construcción paralela: mientras Tresser descifra el enigma en Atenas, dos agentes del CNI en Madrid van descubriendo que el atentado no es un hecho aislado sino el primer movimiento de algo mucho mayor. Los dos hilos se entrelazan con competencia técnica, sin que el ritmo caiga ni se produzcan esas digresiones explicativas que arruinan tantos thrillers de gran escenario cuando el autor no se fía del lector.
No obstante, conviene ser precisos. Las espías y el enigma Aquiles es, ante todo, una novela de entretenimiento de alta calidad, y sus ambiciones no van más allá de ese territorio bien delimitado. La psicología de los personajes secundarios queda en esbozos, y el retrato de la inteligencia española se mueve en terreno seguro, sin fricciones institucionales que complicarían el relato pero lo harían más interesante. Plana sabe lo que hace y lo hace bien. No pretende más, y eso, dicho sin ironía, es una virtud en un género donde la pretensión suele estropear los mejores planteamientos.
Es, en definitiva, un thriller sólido y bien construido que confirma a Inés Plana como una de las voces más fiables del género en España. El enigma del título funciona, y la resolución no defrauda. Lo que más se agradece es que la novela confía en sus propios mecanismos sin necesidad de andamiajes externos.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








