Toda trilogía que se precie de serlo aspira, en su tercer volumen, a algo más que el cierre narrativo: aspira a que el conjunto cobre un sentido que las partes anteriores solo sugerían. Grandes promesas, con la que Pierre Lemaitre concluye la saga de «Los años gloriosos», consigue exactamente eso. Es una novela de cierre en el sentido más cabal del término, pero también es la más ambiciosa de las tres, la que revela con mayor claridad el proyecto literario que el autor tenía en mente desde el principio.
Lemaitre lleva tres novelas construyendo un fresco del siglo XX europeo a través de una familia burguesa francesa cuyas vicisitudes reflejan, con precisión de espejo, las convulsiones históricas del continente. La primera entrega exploraba la posguerra y la reconstrucción; la segunda, la efervescencia y el desencanto de los sesenta y setenta. Grandes promesas lleva la historia hasta los años ochenta y noventa, el período de las grandes transformaciones económicas y sociales que configuraron la Europa que hoy habitamos. La elección no es gratuita: es precisamente en ese período donde las promesas del capitalismo democrático comenzaron a revelar sus grietas, donde el optimismo de la reconstrucción cedió paso a una ansiedad que aún no hemos sabido nombrar con precisión.
La arquitectura formal de la novela merece atención particular. Lemaitre articula el relato mediante saltos temporales que, lejos de resultar arbitrarios, construyen una tensión acumulativa muy eficaz. El lector que haya seguido la saga encontrará en estas páginas la satisfacción de ver cerrados los arcos narrativos abiertos en los volúmenes anteriores, pero Lemaitre es demasiado buen novelista para conformarse con el mero ejercicio de carpintería narrativa. Cada personaje recibe el desenlace que merece en términos morales y dramáticos, no el que resultaría más cómodo.
El registro estilístico de Lemaitre, que algunos críticos han calificado de accesible —con ese ligero matiz despectivo que los lectores más exigentes reservan para lo que vende mucho—, revela en este volumen una madurez que trasciende la etiqueta. Hay en estas páginas una economía del gesto narrativo que solo alcanzan los escritores que han hecho las paces con su propio instrumento: frases que llevan más de lo que aparentan, silencios que dicen lo que el diálogo no puede decir, personajes cuya complejidad se construye por acumulación de detalles aparentemente nimios.
El lector que no haya leído los dos volúmenes anteriores puede, en teoría, abordar Grandes promesas de forma autónoma. En la práctica, y aunque Lemaitre hace lo posible por facilitar la lectura aislada, la novela gana enormemente si se lee como lo que es: el final de un proyecto literario de largo aliento que merece ser recorrido en su integridad.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








