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La carne, de David Szalay. El superviviente que no siente nada

Hay una imagen que conservo de mis años de corresponsal en Europa del Este, a comienzos de los noventa, cuando el continente todavía olía a hormigón mojado y a diésel barato. Recuerdo a un chico de quince o dieciséis años, en una estación de autobuses de provincias húngaras, que llevaba una bolsa de deporte con toda su vida dentro y una mirada que no pedía nada porque ya había aprendido que pedir no sirve de gran cosa. No supe entonces qué fue de él. Lo he recordado leyendo La carne, de David Szalay, y sospecho que no ha sido casualidad.

Szalay —húngaro de nacimiento, británico de pasaporte y ciudadano, en literatura, de ninguna parte concreta— ganó con esta novela el Premio Booker de 2025, y Feltrinelli la publica ahora en español con traducción de Ce Santiago. Cuenta la vida de István, un adolescente tímido de un bloque de pisos anodino en un pueblo húngaro que inicia, casi sin comprenderlo, una relación clandestina con una vecina casada bastante mayor que él. De ahí arranca un itinerario que lo lleva a un centro de menores, a un cuartel en Irak junto a soldados noruegos, a Londres como chófer de un magnate y, finalmente, a la riqueza y a los trajes de buen corte, sin que en todo el trayecto el muchacho —luego el hombre— dé muestras de sentir gran cosa por nada de lo que le ocurre.

Y digo bien: sin sentir. Ésa es la apuesta de Szalay, y es también su riesgo mayor. Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro me interesa de verdad: no es fácil sostener trescientas cuarenta páginas sobre un protagonista que observa su propia vida como quien mira una grabación de una cámara de seguridad, sin cómplices, sin guiños, sin que el lector tenga jamás la certeza de si a István le importa algo de lo que hace o de lo que le hacen. Lo consigue, sin embargo, y lo consigue con una prosa seca, cortada al bies, que recuerda —salvando las distancias, que son muchas— a la limpieza de Hemingway. Nada sobra. Nada se explica de más. El tiempo avanza a saltos, a veces de varios años, sin que el lector note la costura.

Lo que a mí me interesa de esta novela, más allá del mérito técnico, que lo tiene y grande, es lo que cuenta sobre la clase social como naufragio y como salvamento al mismo tiempo. István es un proletario que se cuela, sin plan y casi sin ambición consciente, en el salón de los ricos: primero como chófer, después como amante de la señora de la casa, más tarde como socio de sus negocios. Sube en la escala social igual que sube un marinero por una escala de cuerda en plena galerna: sin mirar abajo, agarrándose a lo que hay. Y cuando llega arriba descubre lo que ya sospechaba cualquiera que haya subido alguna vez: que arriba no hay más calor que abajo. Ricos y pobres, en La carne, están igual de vacíos. Eso sí que es una novela sobre Europa, la de verdad, la que no sale en los folletos de Bruselas.

Hay quien ha comparado a Szalay con Camus por esa distancia moral, por esa manera de contar sin juzgar que a algunos les parecerá elegancia y a otros indiferencia. Yo me quedo con la primera lectura. Una novela no tiene por qué decirle al lector lo que debe sentir; basta con que se lo muestre con la precisión suficiente para que el lector, si quiere, lo sienta él solo. Y en las páginas centrales del libro, cuando el hijo mayor de la familia se revuelve contra István y le echa en cara —con razón, además— que representa una forma primitiva de la masculinidad, uno entiende que Szalay sabía exactamente lo que estaba construyendo. No es un retrato amable. No pretende serlo.

Tiene esta novela un defecto, si se le puede llamar así: la misma frialdad que la sostiene puede dejar frío también al lector, y admirar un libro no siempre es lo mismo que dejarse llevar por él. A mí me pasó un poco de las dos cosas, y no me importa decirlo. Pero de las novelas ganadoras de premios grandes, ésta es de las pocas que se lee de un tirón sin que se note el peso del premio, que ya es mérito considerable.

Compren este libro si quieren leer algo distinto de las novelas de autoayuda disfrazadas de literatura que inundan las mesas de las librerías. Léanlo despacio, que la frialdad de Szalay se paladea mejor sin prisa. Y cuando terminen, piensen en aquel chico de la estación de autobuses húngara. Yo llevo treinta años pensando en él. Ahora, al menos, tengo un libro que me ayuda a entenderlo un poco mejor.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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