Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer a estas alturas. Hay una escena que llevo años viendo repetirse en las mesas de este país y que no sale en los telediarios. Un abuelo le pregunta a su nieta a qué se dedica exactamente. La chica se lo explica. Se lo explica otra vez, con paciencia. Y a la tercera el hombre asiente con esa cortesía de quien ha decidido que ya está bien de preguntar. No hubo bronca. No hubo portazo. Hubo algo peor, señoras y señores, y es que dos personas que se quieren se quedaron sin idioma común a mitad del postre. De eso va la nueva novela de Julia Navarro, y de poco más, y no hace falta más.
Una familia moderna la publica Plaza & Janés el 15 de septiembre, cuatrocientas páginas, y el planteamiento es tan sencillo que da un poco de miedo. Martha fue primera bailarina en las compañías de ballet más prestigiosas del mundo. Thomas es un filósofo reconocido, con una vida académica intensa. Los dos pertenecieron a la vanguardia artística y cultural de su tiempo, los dos rondan ahora los setenta años y los dos miran con desconcierto un mundo que creían conocer y que ha cambiado para siempre. Su hija Felicitas dirige con éxito un canal digital y es madre soltera por elección. Y está Penny, la nieta adolescente, que desafía todas las convenciones, incluidas las que sus abuelos creyeron haber derribado ellos.
Ahí está el hallazgo del libro y conviene decirlo claro, sin anestesia: la novela no enfrenta a unos conservadores con unos modernos. Enfrenta a dos vanguardias. Que es cosa muy distinta y mucho más incómoda. Martha y Thomas fueron los rupturistas de su generación, los que escandalizaron a sus padres, y ahora se descubren en el papel que juraron no ocupar nunca. Eso es mucho más interesante que la enésima novela sobre el choque generacional, y es también mucho más incómodo, porque le pone delante al lector de cierta edad —a mí, sin ir más lejos— un espejo que no favorece.
Navarro sabe manejar este material. Lleva nueve novelas publicadas, traducidas en más de treinta países, y una de ellas, Dime quién soy, acabó convertida en serie de televisión con notable éxito. Es una escritora de arquitecturas amplias y de personajes que se sostienen a lo largo de muchas páginas, oficio que se aprende en la sala de máquinas y no en los talleres. Aquí trabaja en un registro más contenido de lo habitual en ella: menos geografía, menos siglo, más salón.
No todo funciona igual de bien, y sería una falta de respeto fingir lo contrario. Cuando la novela se propone tomarle el pulso al momento presente —las redes, los códigos nuevos, el vocabulario que cambia cada temporada— pierde pie, y algún pasaje suena a explicación de lo contemporáneo para quien no lo habita. Es un riesgo inherente al proyecto: escribir sobre el desconcierto ante lo actual exige conocer lo actual mejor que los desconcertados, y la línea es fina. Hay además un exceso de argumentación en boca de Thomas, que a ratos deja de hablar como un hombre para hablar como un ensayo.
Pero cuando el libro se olvida de diagnosticar la época y se limita a mirar a cuatro personas en una habitación, sube muchísimo. Hay una escena entre Martha y su nieta que vale por medio libro, y hay un tratamiento de la vejez del cuerpo —el de una bailarina, nada menos, que hizo de su cuerpo su oficio y ahora lo tiene en contra— que está entre lo mejor que ha escrito su autora. No lo esperaba, y me alegró equivocarme.
Les diré una cosa más. Se ha puesto de moda despachar a los autores que venden mucho como si vender fuera un defecto de fábrica, y en el caso de Navarro esa pereza crítica lleva años funcionando. Este libro no va a convencer a quien haya decidido de antemano que no hay nada que ver. Pero quien lo lea sin esa coraza encontrará una novela que se hace preguntas serias sobre la herencia, sobre lo que se transmite y lo que se pierde entre una generación y la siguiente, y que tiene la decencia de no cerrarlas con una moraleja.
Léanla. Y si tienen ustedes nietos, o abuelos, o las dos cosas, léanla despacio y no vayan subrayando quién tiene razón. La novela no lo dice, y hace bien.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








