La conciencia de vivir en un tiempo final es una constante que atraviesa la cultura occidental desde mucho antes de que existiera nada parecido a la democracia moderna, y precisamente por eso conviene desconfiar de quien la presenta como novedad. Cada generación se ha creído la última. Lo que cambia, y es lo que interesa examinar, es qué usos políticos admite en cada momento esa convicción. A esa cuestión dedica Jordi Ibáñez Fanés el ensayo que publica Tusquets con el título de Apocalipsis y democracia, y lo hace desde una posición que conviene precisar desde el principio: el apocalipsis del que habla no es una predicción sobre el futuro sino una forma de habitar el presente.
Ibáñez Fanés, profesor de teoría de la literatura y autor de una obra ensayística de considerable coherencia interna, sitúa el punto de partida del libro en la nueva etapa política abierta tras el regreso de Donald Trump a la presidencia estadounidense y en la aceleración de los procesos que han seguido a aquel giro. La elección del arranque tiene sus riesgos —el ensayo de coyuntura envejece deprisa— y el autor parece consciente de ello, porque el acontecimiento funciona más como detonante que como objeto. Lo que se examina no es una presidencia sino una disposición de ánimo colectiva.
La pregunta que organiza el volumen es de las que merecen formularse con cuidado: por qué sociedades enteras, sin coacción evidente, llegan a aceptar formas de poder que recortan sus propias libertades. La respuesta que ensaya Ibáñez Fanés pasa por el papel del miedo y por la sensación de crisis permanente como terreno donde arraigan los discursos que prometen soluciones simples a problemas que no lo son. No hay en esto ninguna originalidad deslumbrante, y el autor no la reclama; su aportación está en el modo en que conecta esa mecánica política con una tradición cultural más honda, la del pensamiento apocalíptico, y en cómo muestra que el lenguaje del fin del mundo ha sido siempre un lenguaje de la excepción, es decir, de la suspensión de las reglas ordinarias.
Merece la pena subrayar la construcción del libro, que avanza por acumulación de aproximaciones antes que por demostración lineal. Los capítulos funcionan como calas sucesivas sobre un mismo fondo, y el lector que espere una tesis enunciada en la primera página y probada en la última quedará desconcertado. Es una decisión formal legítima y coherente con el asunto —difícilmente puede pensarse la incertidumbre con la arquitectura del tratado—, aunque tiene un coste evidente en los tramos centrales, donde el razonamiento se dispersa y alguna digresión sobre materia literaria pesa más de lo que aporta.
La prosa es la de un ensayista de escuela, con periodos largos, bien gobernados, y una precisión conceptual que rara vez falla. Hay que decir, no obstante, que el libro exige un lector dispuesto: no concede nada a la divulgación y da por sabidas referencias que no todo el mundo tiene a mano. Quien venga de las páginas de opinión buscando un diagnóstico rápido sobre el auge de la extrema derecha encontrará un texto bastante más lento y bastante más exigente de lo que esperaba. Tampoco encontrará consignas, y esa abstención es uno de los méritos del volumen.
Lo interesante reside en el tratamiento que Ibáñez Fanés da a la democracia misma. No la presenta como un bien natural amenazado desde fuera por bárbaros, que es la figura retórica más cómoda y la más extendida, sino como una construcción frágil que genera desde dentro las condiciones de su propio desgaste. La tentación del desastre, viene a decir, no es ajena al sistema democrático: forma parte de su experiencia interna, y de ahí que resulte tan difícil de conjurar mediante llamamientos a la responsabilidad cívica. Este es el núcleo argumental del libro y también el punto donde el autor se aparta con más claridad de lo que se escribe habitualmente sobre el asunto.
Cabe preguntarse qué queda después de la lectura, porque el libro no ofrece programa ni receta. Queda, sobre todo, una desconfianza mejor fundada hacia el propio alarmismo, incluido el de quienes defienden causas justas. Ibáñez Fanés muestra hasta qué punto la retórica catastrofista es un recurso disponible para cualquiera y hasta qué punto su eficacia no depende del contenido que transporte. Esa advertencia, que podría parecer un ejercicio de escepticismo cómodo, tiene consecuencias prácticas para cualquiera que participe hoy en la conversación pública.
Es, en definitiva, un ensayo de los que no se agotan en la actualidad que los provoca, aunque haya nacido pegado a ella. Y su mejor argumento es también el menos consolador: que las democracias no suelen morir de un golpe espectacular, sino del cansancio de quienes ya no encuentran motivos para defenderlas.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








