La recuperación de la memoria cultural española del primer tercio del siglo XX ha seguido, en las últimas dos décadas, un recorrido bastante previsible: primero se rescató a los muertos ilustres, después a los exiliados, y solo en tiempos recientes se ha empezado a mirar con atención hacia las mujeres que sostuvieron aquella modernidad sin figurar casi nunca en las fotografías de grupo. El club de las modernas, de Eva Cosculluela, que publica Seix Barral, se inscribe en ese movimiento tardío y llega, además, en el año exacto en que se cumple un siglo de su objeto: el Lyceum Club Femenino Español, fundado en Madrid en 1926.
Conviene situar bien las coordenadas, porque en ellas está buena parte del interés del libro. El Lyceum nace bajo la dictadura de Primo de Rivera, en un país donde la vida pública seguía siendo un territorio masculino y donde el acceso femenino a la cultura y a la educación superior encontraba obstáculos que hoy cuesta imaginar. Que un grupo de mujeres decidiera entonces crear un espacio propio —con estatutos, con sede, con biblioteca, con conferencias— no fue un gesto ornamental sino una operación de una audacia considerable. Cosculluela lo cuenta sin épica innecesaria, que es exactamente como debía contarse.
El libro reconstruye la historia de la asociación y la de sus protagonistas, y lo hace desde una decisión formal que merece subrayarse: no ha optado por la biografía coral al uso, en la que cada figura recibe su capítulo y su retrato acabado, sino por un relato que sigue la vida del club como organismo. Las mujeres aparecen y desaparecen del foco según lo que estén haciendo en ese momento dentro de aquella casa. El procedimiento tiene un coste evidente —el lector que busque una semblanza completa de cualquiera de ellas tendrá que ir a otro sitio— y una ganancia mayor: se entiende el Lyceum como lo que fue, un lugar de encuentro y de formación, y no como una lista de nombres notables.
De esa decisión se deriva el mejor logro del volumen, que es el retrato del ambiente. Cosculluela ha trabajado con hemeroteca y con documentación de primera mano, y se le nota en el modo en que reconstruye las polémicas: la resistencia que despertó el proyecto, las burlas de la prensa conservadora, las tensiones internas entre quienes querían un club cultural y quienes empujaban hacia posiciones más abiertamente políticas. La relación con los hombres de la Generación del 27 aparece tratada con una sobriedad que se agradece, sin la tentación de convertir a las socias en satélites ni en víctimas.
En cuanto a la escritura, el registro es el de la divulgación culta, con una prosa clara y un ritmo sostenido que rara vez decae. No es un libro que aspire al brillo estilístico, y esa modestia le sienta bien: la materia es lo bastante poderosa como para no necesitar adornos. Hay, eso sí, algún pasaje en que la acumulación documental pesa sobre la narración y el relato se detiene más de lo conveniente. Son pocos y no comprometen el conjunto.
Merece la pena detenerse en el tramo final, el que aborda la llegada de la Segunda República y lo que aquel cambio de régimen supuso para las mujeres del Lyceum. Es aquí donde el libro alcanza su mayor densidad, porque la autora consigue mostrar algo que la historiografía suele despachar en un párrafo: que los derechos que llegaron entonces no cayeron del cielo ni los concedió un legislador generoso, sino que venían precedidos de años de trabajo hecho en espacios como aquel. El club fue, entre otras cosas, una escuela de ciudadanía en un país que todavía no reconocía a sus socias como ciudadanas plenas.
Cabe preguntarse si el libro dice algo que no se supiera. La respuesta honesta es que los hechos centrales estaban documentados y que existen estudios académicos anteriores sobre el Lyceum. Lo que aporta Cosculluela no es el hallazgo sino la forma: ha construido un relato legible, ordenado y con voluntad de llegar más allá del ámbito universitario, y ha sabido dotar de continuidad narrativa a un material que estaba disperso. En un campo donde abunda la monografía impecable y poco leída, esa es una contribución que no debería minusvalorarse.
Queda una impresión de fondo, y tiene que ver con la fecha. Cien años después, la existencia misma del Lyceum obliga a una comparación incómoda con nuestro presente, y el libro tiene el buen criterio de no formularla. Se limita a poner los hechos delante y a dejar que el lector haga su cuenta. Es la actitud correcta: la historia no necesita moraleja cuando está bien contada.
Es, en definitiva, un libro que cumple con creces lo que se propone y que ocupará durante bastante tiempo el lugar de referencia divulgativa sobre el asunto. Y quedará, sobre todo, porque devuelve a aquellas mujeres a la escena que ellas mismas construyeron, en lugar de conformarse con reclamarles un sitio en la de los otros.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








