La otra tarde, en la cola del supermercado del barrio, oí a una señora decirle a otra que su hija había vuelto a engordar y que era una falta de fuerza de voluntad, dicho así, con esa naturalidad con la que se emiten las sentencias entre vecinas. Iba yo con este libro en la bolsa, a medio leer, y pensé que Julio Basulto habría dado cualquier cosa por estar allí. Porque todo su libro, en el fondo, es una respuesta larga y documentada a esa frase que se dice sin pensar y que hace un daño enorme.
Todos gordos (con perdón) lo publicó Vergara en enero, y el subtítulo explica el propósito mejor que cualquier resumen: tratar la obesidad en un mundo diseñado para engordar. Basulto es dietista-nutricionista, da clase en la Universidad de Vic y lleva años haciendo divulgación en la radio y en los periódicos, así que sabe perfectamente contra qué escribe. Escribe contra un consenso social que ha decidido que el cuerpo grande es un defecto de carácter.
Lo primero que hace el libro es demoler esa idea con datos. La ciencia, dice, no sostiene que la obesidad se deba a la pereza ni a la falta de voluntad, y a estas alturas seguir repitiéndolo no es ignorancia sino negligencia. Lo que sí sostiene la ciencia es que vivimos rodeados de un entorno que empuja en una sola dirección, y ahí Basulto hace una enumeración que da un poco de vértigo: industria codiciosa, medios irresponsables, sanitarios negligentes, mala legislación, analfabetismo nutricional, charlatanes, famosos ambiciosos, desigualdades sociales, pobreza, factores genéticos. Es decir, casi todo. Y encima, cuando el entorno hace su trabajo, la culpa se le pasa entera a la persona.
Hay un concepto que él acuña y que a mí se me ha quedado dentro: pobresidad. La obesidad ligada a la pobreza, que no es una casualidad estadística sino una consecuencia. Lo dice de una manera que se entiende sin necesidad de gráficos: el código postal importa más que el genético. Una se acuerda entonces de los barrios donde hay una tienda de fruta y de los barrios donde hay cuatro locales de comida rápida en la misma manzana, y ya no hace falta que nadie explique nada más.
El libro tiene un orden muy claro, casi de manual, y eso le viene bien. Empieza por las causas, sigue por el equilibrio delicado entre discriminar, aceptar y fomentar —un capítulo valiente, porque se mete en un debate en el que es facilísimo quedar mal con todo el mundo—, luego habla del diagnóstico y aquí suelta una de las frases que más me han gustado, que el peso ideal no existe, y termina con la prevención y el tratamiento. El prólogo lo firma la doctora Carmen Cabezas y trae cifras de la Organización Mundial de la Salud que conviene leer despacio: en 2022 el dieciséis por ciento de los adultos del mundo tenía obesidad, más del doble que en 1990. Entre los cinco y los diecinueve años se pasó del dos por ciento en 1990 al ocho por ciento en 2022. De treinta y un millones de niños a ciento sesenta.
A mí lo que más me ha llegado, sin embargo, no son los números. Es el capítulo del estigma. Basulto se detiene en algo tan sencillo como el uso de la palabra gordo, en cómo se emplea, quién puede usarla y cuándo se convierte en un insulto. Y en la humillación cotidiana de quien va a la consulta con un dolor de rodilla y sale de allí con una charla sobre su peso que no había pedido. Hay una violencia menuda, constante, hecha de comentarios y de miradas, que este libro nombra sin dramatizarla y que muchas personas reconocerán al instante.
No es un libro perfecto. En algún tramo la voluntad de rebatir bulos hace que el tono se vuelva más de tribuna que de conversación, y hay páginas que se leen como si Basulto estuviera discutiendo con alguien que no está en la habitación. Se le nota el cansancio de llevar años repitiendo lo mismo. Se le perdona, además, porque probablemente tenga razón en estar cansado.
Lo cierro con una impresión que no esperaba. Yo lo abrí pensando que iba a leer un libro sobre alimentación y he acabado leyendo un libro sobre dignidad. Sobre cómo tratamos a la gente y sobre las cosas que decimos en la cola del supermercado sin saber lo que estamos diciendo. Basulto insiste en que proteger la salud pasa también por proteger la autoestima, y esa idea, que parece blanda, es en realidad bastante exigente: obliga a callarse.
Merece la pena que lo lean, y sobre todo que se lo dejen a alguien. Yo ya sé a quién se lo voy a prestar, aunque tendré que buscar la manera de que no parezca una indirecta.
— Ángela de Claudia Soneira








