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Notas para una autobiografía, de Roberto Bolaño. Material de primer orden y una edición que no está a la altura

Hay una librería de viejo a la que vuelvo siempre que ando por cierta ciudad del norte, y en su mesa de saldos he encontrado, más veces de las que me gustaría, ejemplares de Roberto Bolaño con la dedicatoria de otro dueño todavía puesta. Uno los abre por curiosidad profesional. Casi siempre es la misma escena: alguien regaló Los detectives salvajes a alguien con mucha ilusión y mucha letra apretada, y el libro terminó a tres euros junto a un manual de contabilidad. De los escritores muertos se dice que descansan. No descansan. Los seguimos moviendo de sitio.

A eso venía. Alfaguara publica Notas para una autobiografía. Entrevistas (1975-2003), cuatrocientas cuarenta y ocho páginas que reúnen, en orden cronológico, las conversaciones que Bolaño concedió a lo largo de casi treinta años. Arranca en sus años mexicanos, con un par de entrevistas hechas por Macario Matus en 1975, en plena etapa infrarrealista, y llega hasta los días previos a su muerte. Por el camino desfilan el poeta joven y combativo, el lector voraz que se lo había leído todo, el narrador que habla del oficio, del estilo y de la disciplina como quien habla de carpintería, y finalmente el autor consagrado que desconfía de los premios y de la posteridad con una lucidez que hoy resulta casi insoportable de leer.

El material es de primer orden. Digámoslo antes que nada, porque lo que viene después es duro y no quiero que se confunda: quien tenga interés por Bolaño encontrará aquí trescientas cosas que no sabía y una voz reconocible desde la primera línea. La editorial lo presenta como la oportunidad de escuchar a Bolaño sin mediación de biógrafos ni de crítica. Y ahí, señoras y señores, es donde empiezan los problemas, porque lectura sin mediación no existe. Toda antología es una mediación. La única diferencia está en si el mediador da la cara o no la da.

Alejandro Arturo Martínez publicó en Revista Santiago una reseña titulada Un libro desafortunado, y he tenido que darle la razón a regañadientes. Las objeciones son concretas y no admiten mucha réplica. Falta la célebre entrevista final de Mónica Maristain, la más citada por los investigadores, aquella en la que a Bolaño le preguntan por su nacionalidad y responde: «Soy latinoamericano». Que ese texto no esté en un volumen titulado Notas para una autobiografía es como publicar las cartas de un hombre quitando la última.

Y sigue. No aparecen los nombres de los editores en ninguna parte del libro, y la nota introductoria no va firmada. No se consignan las fuentes originales de las entrevistas: dónde se publicaron, en qué medio, en qué fecha exacta. No hay índice onomástico. No se explica en ningún sitio con qué criterio se excluyó lo que se excluyó. Cuatrocientas cuarenta y ocho páginas de una casa grande, y ni un aparato crítico de cinco folios. Martínez concluye que no estamos ante un libro de Bolaño sino ante una lectura selectiva que decide qué se muestra de él, y la conclusión, aunque incómoda, se sostiene sola.

Duele más si uno recuerda que esto ya se hizo, y mejor, hace veinte años. En 2006, Andrés Braithwaite editó Bolaño por sí mismo en Ediciones UDP, primer intento serio de reunir y ordenar las entrevistas dispersas del chileno. Menos medios, menos escaparate, más rigor. Que dos décadas después una editorial con toda la maquinaria detrás entregue un volumen sin fuentes ni firma no es un descuido: es una manera de entender el patrimonio ajeno. El lector que quiera saber de dónde salió cada respuesta tendrá que buscarlo por su cuenta, hemeroteca a hemeroteca.

Conviene añadir el contexto, que agrava. El archivo personal de Bolaño sigue sin estar abierto a consulta; lo más parecido a un acceso público fue la exposición Archivo Bolaño. 1977-2003 que el CCCB montó en Barcelona en 2013. Y hay un precedente que la propia reseña de Martínez utiliza y que a mí me parece la imagen más elocuente de todo este asunto: cuando Rubén Medina preparó la antología infrarrealista Perros habitados por las voces del desierto, los herederos negaron la autorización para publicar poemas de Bolaño, y el editor dejó en blanco las páginas donde debían ir. Páginas vacías con el nombre encima. No se me ocurre mejor manera de contar quién manda hoy sobre esa obra.

En el haber del libro, y hay que decirlo porque es de justicia, está que no omite la etapa mexicana, que en otras operaciones de este tipo suele quedar reducida a anécdota de juventud. Aquí está desde 1975, con el infrarrealismo por delante y sin pedir disculpas. Se le puede reprochar también, y algún lector lo ha hecho, la repetición de preguntas y respuestas de una entrevista a otra, cosa inevitable cuando a un escritor le preguntan cuarenta veces lo mismo; eso no es culpa del editor, es la naturaleza del género.

Cómprenlo si Bolaño les importa, porque las páginas están y valen. Pero sepan lo que compran, y no confundan un archivo con una edición. Un archivo es lo que queda. Una edición es alguien que firma lo que ha decidido dejar fuera. Aquí falta esa firma, y mientras falte, el libro seguirá siendo lo que es: una mesa de saldos bien encuadernada.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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