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Un paraíso de escombros, de Gustavo Martín Garzo. Catorce mitos griegos contados por quienes se quedaron en el margen

En casa de mis padres había un diccionario de mitología con las tapas de tela verde que yo consultaba de niña como quien consulta un catálogo de monstruos. Iba directa a las láminas. Los dioses aparecían siempre de pie y en actitud de estar haciendo algo importante, y las mujeres del libro salían casi todas sentadas, o dormidas, o convertidas en árbol. Tardé bastantes años en entender que aquello no era un capricho del ilustrador, sino el resumen bastante fiel de cómo nos habían contado esas historias durante siglos. Me he acordado del diccionario verde leyendo el libro nuevo de Gustavo Martín Garzo.

Un paraíso de escombros lo publica Galaxia Gutenberg en su colección Narrativa, son trescientas ochenta y cuatro páginas y cuesta veintidós euros. Conviene aclarar cuanto antes una cosa: no es una novela. Son catorce relatos. Catorce veces que el autor entra en un mito griego por la puerta de servicio y se sienta a hablar con quien estaba fregando.

El método lo ha explicado él mismo y es de una sencillez que casi da miedo: en cada relato adopta el punto de vista de un personaje secundario, en la mayor parte de los casos mujeres que, como Penélope, Nausícaa o Helena, apenas son figuras de reparto en los relatos de los héroes. Están Atalanta, las sirenas, Briseida, Europa, Leda, Eco, Medea, Pasífae. Está Teófanes, la mujer oveja. Y Acteón y Hades, que de secundarios tienen poco pero a los que aquí se mira desde el ángulo que no salía en las láminas. El volumen se cierra con Orfeo, aunque la lección, y esto me parece toda una declaración, venga de Eurídice.

La tesis está en la contracubierta y no se anda con rodeos: quien busque aquí la épica de los guerreros no la va a encontrar, porque la épica de este libro es la de los amantes. Y para que no queden dudas, se abre con una objeción de Auden que viene a preguntarse cómo hablar de los enamorados sin faltar a la verdad, dado que el amor no tiene ninguna hazaña que le sea propia. El libro entero es una respuesta lenta a esa pega. Si el amor no tiene hazañas, habrá que contar otra cosa.

El relato que me ha dejado dando vueltas es el de Penélope, la tejedora de la caverna. Aquí Penélope no es la señora que espera veinte años deshaciendo por la noche lo que teje de día, esa imagen que a fuerza de repetirse ha acabado pareciendo un elogio y es más bien una condena. Aquí Penélope es la inventora de Odiseo. Suya sería la idea del caballo de Troya, y suyo el nombre de Nadie con el que engañó a Polifemo. Y hay más, y es lo mejor: cuando Odiseo, ya de vuelta en Ítaca, se aburre soberanamente y se dedica a dormir, ella lo traslada dormido a la playa donde lo dejaron los feacios y le construye un barco para que al despertar siga creyendo que busca el regreso.

Me reí sola con esa escena y después me quedé pensándola un buen rato, que es lo que suele pasar con las cosas bien hechas. Porque no es solo un chiste conyugal, aunque lo sea y muy bueno. Es una manera de decir que quien sostiene el relato no siempre es quien lo protagoniza, y que hay gente que se pasa la vida construyéndoles el barco a otros para que esos otros puedan tener una biografía. Una conoce a mujeres así. Todas conocemos a mujeres así, y algunas todavía están montando el barco.

El mundo que sale de estos catorce cuentos es un mundo de metamorfosis y encantamientos, con una joven criada por una osa, sirenas que hunden navíos con su canto y un niño que nace con cabeza de ternero. Y sin embargo no hay nada de decorado ni de estampa. Martín Garzo declaró a la agencia Ical algo que explica bastante bien por qué estas historias no se quedan en curiosidad arqueológica: «No nos ofrecen un espejo donde mirarnos, como los que tanto abundan hoy, sino una fuente que nos conduce al mundo inagotable de lo Otro». Uno lee eso y entiende de golpe la diferencia entre releer un mito y usarlo de coartada.

Detrás hay una obra larga y a estas alturas indiscutible. El autor nació en Valladolid, ha publicado más de quince libros entre novela, ensayo y literatura juvenil, y tiene en la estantería el Premio Nacional de Narrativa por El lenguaje de las fuentes, el Miguel Delibes por Marea oculta, el Nadal por Las historias de Marta y Fernando y el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por Tres cuentos de hadas. Menciono lo juvenil a propósito, porque se le nota: hay una confianza en el cuento que solo tienen los que han escrito para lectores que no se avergüenzan de pedir historias.

Evelio Traba señaló en La Región que la estrategia consiste en trabajar con las zonas de silencio, con los grandes vacíos que esas historias milenarias llevan dentro. Es exactamente eso, y la escritura va despojada de artificios, con una sencillez aparente que es en realidad un mecanismo bastante astuto. Diré también, por honestidad, que casi cuatrocientas páginas de mito son muchas de una sentada y que dos o tres piezas se parecen entre sí más de lo que les conviene. A sorbos gana. Un cuento cada noche.

Cerré el libro pensando otra vez en las láminas de tela verde y en aquellas señoras dormidas o convertidas en árbol. Me habría gustado leer esto a los once años. Como no puede ser, se lo voy a dejar a alguien que tenga once y todavía crea que las historias antiguas van de héroes.

— Ángela de Claudia Soneira

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