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August, de Christa Wolf. El último gesto amable

Los libros últimos, los que un escritor compone sabiendo o intuyendo que serán los últimos, forman una categoría aparte dentro de cualquier obra. Suelen ser breves, suelen prescindir de la ambición constructiva que sostuvo los anteriores y suelen volver, casi sin excepción, al lugar del que todo salió. August, el relato largo que Christa Wolf escribió en el verano de 2011, pocos meses antes de morir, responde punto por punto a esa descripción, y sin embargo no tiene nada de despedida ceremoniosa: es un texto que mira hacia atrás con una serenidad rara, sin ajustar cuentas con nadie.

Wolf (Landsberg an der Warthe, entonces Prusia Oriental y hoy Gorzów Wielkopolski, en Polonia, 1929 – Berlín, 2011) fue la figura central de la literatura de la República Democrática Alemana y una de las escritoras europeas más discutidas del último medio siglo. Su obra —Der geteilte Himmel, traducida como El cielo dividido, Nachdenken über Christa T., Störfall, Ein Tag im Jahr— ejerció durante décadas esa función incómoda de conciencia crítica dentro de un sistema que a la vez la reconocía y la vigilaba. El Premio Georg Büchner, que recibió en 1980, la consagró en el ámbito de la lengua alemana mucho antes de que la caída del Muro convirtiera su figura en objeto de un debate que ya no era solo literario. De todo aquello no queda rastro explícito en estas setenta y dos páginas, y ese silencio es la primera decisión importante del libro.

Porque August no fue escrito para el debate público, sino como regalo privado: Wolf lo compuso para su marido, Gerhard Wolf, con motivo del sexagésimo aniversario de su matrimonio, a partir de recuerdos propios de infancia. El original alemán se publicó de manera póstuma en Suhrkamp en 2012, y llega ahora al lector español en Libros del Asteroide, en versión de Marina Bornas y en un formato mínimo que acompaña con acierto la naturaleza del texto. Conviene tener presente esa procedencia, no para leer el relato como documento biográfico —error que empobrecería la lectura—, sino para entender por qué carece por completo de la voluntad demostrativa que suele acompañar a la memoria histórica alemana.

El argumento cabe en pocas líneas. Terminada la Segunda Guerra Mundial, un huérfano de ocho años que ha escapado de Prusia Oriental, y que perdió a su madre durante la huida de 1945, ingresa en un remoto sanatorio para tuberculosos instalado en un antiguo castillo. Allí conoce a Lilo, una adolescente que irradia valentía y ternura, y de ese encuentro nace lo único que el niño conservará intacto durante el resto de su vida: el descubrimiento de la amistad, la conciencia de la fragilidad de la inocencia y la certeza de que un gesto amable, en un mundo devastado, tiene la consistencia de una obra de arte.

Lo interesante aquí reside en la construcción del marco. Wolf no cuenta esa historia desde la infancia, sino desde muy lejos: August, ya hombre, conduce un autocar a orillas del Elba y, al volante, revive aquel tiempo. La distancia lo cambia todo. El recuerdo no se presenta como escena inmediata, sino filtrado por una vida entera de la que apenas sabemos nada, y ese hueco deliberado —qué fue de él, qué hizo con lo que aprendió— es lo que impide que el relato se deslice hacia el sentimentalismo. La cadencia es lenta, la prosa contenida, y el conjunto avanza con la lógica de la memoria y no con la de la trama.

Hay además un desplazamiento que merece subrayarse. Wolf, nacida en Prusia Oriental, compartió con su personaje la experiencia de la huida de 1945 y la del sanatorio; es decir, entrega a un hombre una materia que es suya. La operación no responde al pudor de quien se esconde, sino a una convicción de método: al alojar sus recuerdos en un personaje masculino y modesto, sin destino literario ni conciencia de sí, la autora consigue que la memoria deje de ser propiedad de nadie y se convierta en experiencia común. Es una de las formas más difíciles de la elegancia narrativa, y una de las menos aparatosas.

Annie Ernaux, cuya obra entera se sostiene sobre una operación de sentido contrario, ha dicho que «el último libro de Christa Wolf es indefinidamente bello, y a la vez conmovedor y luminoso». Florian Kessler, en el Süddeutsche Zeitung, lo describió como un acto de reconciliación con la propia vida, y el juicio parece exacto si se entiende que la reconciliación no consiste aquí en perdonarse nada, sino en aceptar que lo poco que se salvó bastaba. No estamos ante la obra mayor de su autora, y sería injusto medirla con esa vara; estamos ante un texto que solo podía escribirse al final, cuando ya no queda nada que demostrar.

Queda, tras la lectura, una impresión persistente: la de que la literatura del siglo XX alemán, tan ocupada en las culpas y en los balances, encuentra en este relato mínimo un lugar de descanso que no es olvido. Setenta y dos páginas para decir que un gesto amable en 1945 todavía se sostenía en 2011. No es poca cosa para un libro que cabe en un bolsillo.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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