Libros y LecturasReseñas y Crítica

Los suicidas del fin del mundo, de Leila Guerriero. Doce muertes, el cuaderno de un sepulturero y el viento de la Patagonia

Hice guardias de madrugada durante bastantes años, y de aquella época me quedó una certeza incómoda: en un periódico hay muertes que se cuentan y muertes que no. Las primeras llevan titular, foto y declaración de la autoridad competente. Las segundas llegan por teléfono a las cuatro de la mañana y se apagan en el mismo cuaderno donde uno las apuntó, porque existe una norma no escrita según la cual del suicidio no se informa. La norma tiene su razón de ser y no voy a discutirla aquí. Pero conviene saber lo que produce: pueblos enteros donde la gente se está muriendo de una manera concreta y no hay un solo papel que lo diga.

Eso es exactamente Las Heras, una localidad petrolera de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia argentina, nacida con el ferrocarril y con la explotación estatal del petróleo. Entre 1997 y 1999 se suicidaron allí doce jóvenes, todos muy conocidos en el pueblo. No hubo listado oficial de aquellas muertes. La única contabilidad que existió fue un cuaderno manuscrito, el del sepulturero. Ahí está, para quien quiera verlo, el retrato completo de un Estado: doce chavales y una libreta de tapas gastadas en manos del hombre que abre los agujeros.

Anagrama recupera ahora, en Narrativas hispánicas y en doscientas dieciséis páginas, Los suicidas del fin del mundo, el libro fundacional de Leila Guerriero, publicado originalmente en Argentina en 2005. Conviene decirlo cuanto antes: no es una reedición de trámite. Es uno de esos libros que uno cita de memoria en las conversaciones sobre periodismo y que, releído veinte años después, aguanta el envite bastante mejor que la mayoría de lo que se publicó a su lado. Conviene además no equivocarse con el sello, que en estas cosas hay quien se despista: la edición que llega ahora a las librerías españolas es de Anagrama.

Guerriero viajó a Las Heras en 2002. Recorrió las calles ventosas, se instaló, escuchó. Entrevistó a madres, novios, hermanas, amigos, prostitutas, peluqueros y profesores, y de ahí sacó lo que sacan los que trabajan bien: versiones inconclusas y contradictorias. Hubo rumores de secta. Supersticiones sobre cementerios indígenas. Hipótesis de contagio, que es la palabra que la gente usa cuando el horror empieza a parecerse a una epidemia. La autora no elige ninguna. No hay resolución, no hay culpable, no hay explicación final que deje al lector tranquilo. Y ese es el mérito, no el defecto.

El paisaje funciona como un personaje más, y funciona porque no está puesto de decorado. El viento, el polvo, la intemperie: en Las Heras la geografía no acompaña la historia, la produce. Hay pocos escritores capaces de sostener una atmósfera doscientas páginas sin caer en la postal, y Guerriero lo hace con una economía que da algo de miedo. Ella misma ha contado que aquel trabajo le secó mucho la escritura y que le quedó apretada al hueso. Se nota. No sobra un adjetivo.

Está también, y esto es lo que separa la crónica del reportaje sentimental, el suelo económico. La privatización de YPF, iniciada en 1991, llevó la plantilla de unos cincuenta mil empleados a unos cinco mil. En 1995 el desempleo en la zona alcanzó el veinte por ciento. Uno puede colocar ahí la explicación entera y quedarse tan ancho, y sería una simpleza. La propia Guerriero lo ha formulado mejor que nadie: «Los datos dicen pero nunca explican». Los datos no explican por qué se mató este muchacho y no el de al lado, que tenía el mismo paro, el mismo viento y la misma edad. Pero sin los datos tampoco se entiende nada.

Guerriero nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1967, empezó en el oficio en 1991 en Página/30 y desde 1996 fue redactora de la revista de La Nación; después ha ido dejando firma en El País, Piauí, Gatopardo, Internazionale, Granta y Rolling Stone. De aquí salieron Frutos extraños, Plano americano, Zona de obras, Opus Gelber, La dificultad del fantasma y La llamada. Tiene el Premio de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán de 2019 y el Konex de Platino de 2024, y se ha descrito alguna vez, hablando con Milenio, como una periodista de modos más barrocos, cosa que en su caso significa que primero escribía más y luego aprendió a tachar.

Ascensión Rivas escribió en El Cultural que el libro se inscribe en la estela de la non fiction novel, la de Capote con A sangre fría y la de García Márquez con Relato de un náufrago. La comparación es alta y sin embargo no resulta abusiva. Vargas Llosa elogió en su día la investigación exhaustiva de Guerriero y su estilo de precisión matemática, y esas dos cosas juntas son raras: hay quien investiga y escribe mal, y hay quien escribe bien y no sale de casa. Aquí están las dos, y estaban ya en el primer libro, que es lo asombroso del caso.

Léanlo despacio, y si pueden, léanlo de noche, que es cuando estos asuntos se entienden. Y cuando terminen, piensen un momento en aquel cuaderno del sepulturero. Doce nombres escritos a mano porque nadie más los escribió. A veces el periodismo consiste solamente en eso: en ir a buscar la libreta.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

Noticias relacionadas

Cortarse el cabello, de Rosario Villajos. Diecisiete maneras de perder algo