Conocí hace muchos años, cuando andaba yo por las facultades buscando a alguien que me resolviera una duda sobre unos papeles del XIX, a un catedrático de esos que tenían despacho con antesala. No recuerdo su nombre y tampoco hace falta. Recuerdo el gesto del becario que me abrió la puerta: aquel chaval no llamaba, arañaba la madera con los nudillos. Hay jerarquías que no necesitan reglamento porque se aprenden con el cuerpo. Me acordé de él leyendo la segunda novela de Elena Medel, Todos mis pecados y la mitad de mi dolor, que publica Seix Barral y que trata, entre otras cosas, de quién araña la puerta y quién está sentado al otro lado.
El que está sentado se llama don Jesús Guzmán Espinosa, catedrático de literatura romántica inglesa, y se jubila. Ahí empieza todo. Un hombre que ha mandado durante décadas en un departamento tiene que entregar las llaves, y resulta que las llaves no eran solo del despacho. Alrededor se mueven su hijo Chus, escritor que lleva la vida entera intentando que no lo lean como hijo de su padre, y Estefanía, una estudiante con talento y sin apellidos, que es la que de verdad se juega algo en el reparto. Medel —que ya había demostrado en Las maravillas, su debut en prosa, que sabía mover varias vidas a la vez sin que se le cayera ninguna— monta la novela sobre esa sucesión y la deja hervir despacio.
Les digo una cosa. Las novelas de campus suelen ser un género tramposo, porque el autor conoce el terreno y se le nota demasiado el gusto por las miserias del gremio: el congreso ridículo, el colega envidioso, la comisión amañada. Todo eso divierte tres capítulos y después cansa. Aquí no pasa, y no pasa porque a Medel la universidad le interesa menos como zoológico que como sistema de transmisión. Lo que se hereda en esta novela no es una cátedra: es la certeza de merecerla. Don Jesús no tiene que enseñarle nada a su hijo para que el hijo sepa que el mundo está ordenado de cierta manera. Eso viene de fábrica.
Hay un detalle que a mí me parece capital y que muchos lectores pasarán por alto. La novela no sitúa el poder del catedrático en lo que don Jesús hace, sino en lo que no necesita hacer. No amenaza a nadie, no tiene que levantar la voz, no escribe correos comprometedores. Le basta con existir, con tener una opinión conocida sobre quién vale y quién no, para que a su alrededor la gente se mueva sola en la dirección que a él le conviene. Así funciona el poder de verdad, señoras y señores, y por eso es tan difícil de retratar en una novela: porque el poder consolidado no da espectáculo. Medel lo consigue mediante el mecanismo más viejo y más eficaz, que es enseñarnos el efecto y dejarnos deducir la causa.
Y frente a eso, Estefanía. Aquí la novela se pone seria. El personaje podría haber sido lo que suele ser en estos casos, la chica lista y pobre que ilustra una injusticia y sirve de conciencia moral al lector para que se vaya a dormir tranquilo. Medel no le concede esa comodidad a nadie. Estefanía quiere entrar, y querer entrar no es un defecto ni una virtud: es lo que le toca. La autora la mira sin condescendencia y sin idealizarla, que es lo más difícil de hacer con un personaje de clase trabajadora en una novela española contemporánea, donde casi siempre se le pide o que sea heroíco o que sea pintoresco.
Escribe bien Medel. Escribe con precisión, con oído, con esa manera de dejar la frase en el sitio exacto donde hace daño sin levantar la voz. No es prosa de fuegos artificiales, y agradezco que no lo sea; hay demasiada literatura española ocupada en que el lector admire el estilo en lugar de leer la historia. Aquí el estilo trabaja por debajo, como la quilla, y uno solo se da cuenta de lo bien hecho que está el barco cuando el mar se pone feo. Los capítulos finales se ponen feos.
Tengo un reparo, y lo digo porque callarlo sería hacerle un flaco favor al libro. Don Jesús es un personaje tan bien construido, tan sólido en su vanidad y en su miedo, que hay tramos en que se come la novela entera. Cuando la narración se va con Chus, el descenso de tensión se nota. Puede que sea deliberado —el hijo está condenado a ser menos que el padre y la estructura lo sabe—, pero uno querría que ese personaje diera más guerra de la que da. Es el precio de tener un patriarca tan bien escrito.
Y una cosa más sobre el título, que es de los que uno no entiende hasta que ha terminado el libro. Todos mis pecados y la mitad de mi dolor suena a confesión, y en cierto modo lo es, aunque no de quien uno espera. Lo interesante es la aritmética: todos los pecados, pero solo la mitad del dolor. Hay gente que se reserva la contabilidad de lo que ha hecho y reparte a los demás la factura de lo que cuesta. En una familia académica, con un padre que ha sido durante cuarenta años la medida de todas las cosas, esa aritmética se hereda igual que se heredan los muebles.
Hay un asunto de fondo que la novela plantea sin subrayarlo y que a mí me ha dejado dándole vueltas. La jubilación de don Jesús no es un final: es el momento en que se ve quién manda de verdad y quién mandaba prestado. Todos los reinos se parecen en eso. Lo he visto en redacciones, en cuarteles, en juntas de vecinos y en editoriales. El día que el jefe entrega el despacho se averigua si tenía autoridad o solo cargo, y casi nunca la respuesta favorece al jefe.
Léanla. Léanla sin prisa, que está escrita sin prisa, y fíjense sobre todo en lo que no se dice en las conversaciones de la facultad, que es donde Medel ha puesto lo bueno. Y si alguna vez arañaron una puerta con los nudillos en vez de llamar, prepárense, porque esta novela sabe perfectamente por qué lo hicieron.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








