Me tocó una vez quedarme aislado por la nieve en un sitio del que no daré las señas, un refugio de montaña donde una docena de desconocidos pasamos dos días largos mirándonos de reojo y racionando el café. Recuerdo la sensación como si fuera ayer: la certeza incómoda de que, en cuanto se corta la carretera y se acaba la cobertura, la gente civilizada dura lo que dura la despensa. Me acordé de aquello leyendo La abadía de hielo, la nueva novela de Antonio Puente Mayor, y les aseguro que no es mal elogio para un libro de intriga que le devuelva a uno un frío que creía olvidado.
La historia es de las que funcionan porque parten de un mecanismo viejo y noble. Alba Villén, una guía turística joven, se estrena al frente de su primer viaje en grupo por La Rioja. La ruta discurre por Logroño y por otros lugares de esa tierra de vino y piedra hasta que un temporal obliga al grupo a refugiarse en el monasterio de Valvanera, en plena sierra de la Demanda. Incomunicados, rodeados de nieve, los viajeros descubren pronto que el encierro no va a ser su mayor problema: uno de ellos aparece muerto. Y ya está servido el asunto.
Cualquier lector con oficio reconocerá enseguida el eco de Agatha Christie: el grupo cerrado, el lugar aislado, la víctima y un asesino que tiene que estar por fuerza entre los presentes. No es ningún demérito. Los buenos mecanismos son como los buenos barcos: llevan siglos navegando porque están bien construidos, y lo que importa no es inventar uno nuevo cada temporada, sino saber gobernar el que se tiene con mano firme y sin naufragar a la primera de cambio.
Puente Mayor lo gobierna con solvencia. Y hace, además, una cosa que me parece de justicia subrayar: coge ese artefacto de origen inglés y lo trae a un paisaje nuestro, reconocible, muy literario, sin que chirríe la costura. La sierra de la Demanda, la abadía de Valvanera, la memoria del territorio no son aquí telón de fondo ni folleto turístico. Son parte del misterio, materia de la trama, casi personajes. El autor, que conoce el terreno y se nota, convierte una ruta de viaje en una ratonera con nieve, y consigue que el patrimonio, las piedras viejas, el silencio de un monasterio en mitad del monte, pesen tanto como el cadáver.
Les diré una cosa: no es fácil escribir intriga de la buena en este país sin caer en el calco de lo anglosajón o en el costumbrismo de postal. Puente Mayor sortea las dos trampas. La suya es una novela de las que se leen de un tirón, con giros administrados con inteligencia y una atmósfera que aprieta despacio, como aprieta el frío de verdad, que no es el del golpe sino el de la humedad que se mete en los huesos. Hay tensión, hay pistas repartidas con honradez, que el lector puede jugar, y hay ese punto de incomodidad moral que distingue al género menor del que aspira a algo más: la sospecha de que, puestos en el mismo brete, cualquiera de nosotros daría bastante menos de lo que cree.
No estamos ante una revolución de las letras, y ni falta que hace. Estamos ante un artesano que sabe lo que trae entre manos y lo ejecuta con respeto por el lector, que no es poco en tiempos de tanto libro escrito con prisa y con calculadora. Puente Mayor viene demostrando desde hace años que la novela de misterio española puede tener sello propio, sin pedirle permiso a nadie, y esta abadía helada es una buena prueba de ello.
Así que ya saben. Si en pleno agosto quieren pasar un poco de frío del bueno, del que se disfruta a resguardo, cojan La abadía de hielo, busquen una tarde tranquila y déjense encerrar con Alba Villén y su docena de sospechosos. Léanla despacio, disfrutando del paisaje antes de que empiece la sangre, que para eso está escrita. Y luego, si viajan alguna vez a la sierra de la Demanda y se topan con una tapia vieja y un cielo cargado de nieve, ya me contarán si miran los monasterios con los mismos ojos. Yo, desde luego, ya no los miro igual.
— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás








