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Un asunto de familia, de Claire Lynch. El secreto de una madre y lo que hereda quien no llegó a saberlo

Hay un tipo de novela que la crítica despacha con la etiqueta de intimista, como si lo íntimo fuera lo contrario de lo importante. Un asunto de familia, el debut de la británica Claire Lynch, es una de esas novelas a las que conviene quitarles la etiqueta cuanto antes: bajo su superficie de relato familiar de ritmo pausado late una reflexión sobre el estigma, la verdad y lo que pasa de una generación a otra sin que nadie lo nombre.

La estructura trabaja con dos tiempos. En la Inglaterra de los años ochenta, Dawn, una mujer casada y madre de una niña llamada Maggie, ve cómo su vida da un vuelco cuando se enamora de Hazel, su nueva vecina. Cuatro décadas después, en 2022, Maggie es ya una mujer adulta con dos hijos que atraviesa su propia crisis. Cuando a su padre, Heron, le diagnostican una enfermedad terminal, el pasado irrumpe con fuerza y las verdades que le contaron sobre su madre empiezan a desmoronarse.

Conviene decirlo con claridad: lo que sostiene el libro no es la intriga, aunque la haya. Es el cuidado con que Lynch maneja el silencio como material narrativo. Lo que no se dice, lo que se decide ocultar a una hija para protegerla, acaba siendo más determinante que cualquier acontecimiento. La novela demuestra, sin subrayarlo, que un secreto no desaparece cuando se calla: se transmite, se hereda, condiciona la vida de quien ni siquiera sabe que lo carga.

Y ahí está su dimensión política, que el ritmo apacible podría hacernos pasar por alto. Porque el secreto de Dawn no es un secreto cualquiera: es el de un amor entre mujeres en una época y un lugar que lo penalizaban. Lynch no necesita levantar la voz para mostrar el coste humano del estigma, cómo una sociedad obliga a esconder, a mentir, a renunciar, y cómo esa renuncia deja marcas que llegan hasta los nietos. La historia es de los ochenta; la pregunta que plantea es plenamente de ahora.

Conviene situar la novela en una corriente reconocible: la de la narrativa británica reciente que ha vuelto sobre el pasado queer no para celebrarlo desde la comodidad del presente, sino para medir su coste. Lynch se distingue en ese conjunto por una virtud poco frecuente, la de no juzgar a sus personajes. No hay villanos en esta historia, ni siquiera la sociedad que obliga a callar comparece como una caricatura: hay personas atrapadas en su tiempo, haciendo lo que creen que deben. Esa renuncia al maniqueísmo es lo que eleva el libro por encima del alegato y lo convierte en literatura.

Es un libro de pulso contenido. No hay grandes giros ni golpes de efecto; la novela avanza a un ritmo tranquilo, pausado, que algún lector impaciente confundirá con falta de tensión. Sería un error. La tensión está, pero es de otra clase: la del lector que va comprendiendo, antes que los personajes, lo que se les ocultó, y que asiste al lento descorrerse de una verdad que lo cambia todo retrospectivamente.

No es una obra perfecta. La voluntad de equilibrar las dos líneas temporales deja a veces la de 2022 algo más pálida que la de los ochenta, donde está la verdadera energía del libro. Y la contención, tan acertada en general, roza en algún pasaje la tibieza. Pero son reparos menores frente a lo que la novela consigue: hacer de una historia familiar concreta el retrato de toda una manera de callar.

Importa también el dato de su recepción. Que un debut se lleve un premio de prestigio puede deberse al oportunismo del tema o al mérito del texto, y no siempre es fácil distinguirlo desde fuera. Aquí, leído el libro, la duda se disipa: el reconocimiento responde a la escritura, no a la etiqueta. Lynch no ha escrito una novela sobre un asunto de actualidad; ha escrito una buena novela que, además, toca un nervio del presente.

No sorprende que Un asunto de familia se llevara el premio al mejor debut. Hay en ella una madurez de mirada poco común en una primera novela, y una conciencia exacta de que las grandes cuestiones —la identidad, el amor, lo que debemos a quienes nos precedieron— no necesitan grandes escenarios para plantearse. Es el tipo de libro que merece discutirse despacio, más allá del elogio fácil al debut simpático. Y que se seguirá leyendo, sospecho, cuando otros más ruidosos se hayan olvidado.

— Ana María Olivares

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