Libros y LecturasReseñas y Crítica

La reina Esther, de John Irving. Una huérfana enfadada con el mundo que se vuelve ángel de la guarda

Hay una imagen al principio de esta novela que no se me ha ido de la cabeza en días. Una niña de casi cuatro años aparece abandonada en el porche de un orfanato de Maine, y lo que llama la atención no es que llore, sino que no llora: está enfadada. Plantada allí, con su rabia pequeña, mirando al mundo que acaba de soltarla. A una se le encoge algo por dentro solo de imaginarla, y a la vez sonríe, porque en ese gesto está ya toda la novela.

Quienes hayan leído a John Irving sabrán que volver a un orfanato de Maine es volver a casa. El que conozca Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra reconocerá enseguida el aire de St. Cloud’s, esos hospicios suyos donde los niños esperan una familia que muchas veces no llega. Irving lleva toda la vida escribiendo sobre los que empiezan la partida con las cartas malas, y a sus años no ha perdido ni la ternura ni la mala leche con que los defiende.

La niña se llama Esther, y diez años después sigue sin que ninguna familia se la haya llevado. Hasta que la adoptan los Winslow y ella, en lugar de dejarse cuidar, se convierte en una especie de ángel de la guarda de los suyos, vigilando, protegiendo, sosteniendo a una familia que no acaba de saber lo que tiene. Porque las criaturas de Irving son así: descaradas, valientes, incapaces de quedarse calladas cuando algo les parece injusto.

Y entonces el libro se abre y se va lejos, geográfica y moralmente. Esther termina en Jerusalén, convertida en defensora firme de los judíos a lo largo de un siglo de violencia y persecución. El nombre, claro, no es casual: Irving la moldea sobre la reina Ester del Antiguo Testamento, aquella que se jugó la vida por salvar a su pueblo, y le presta algo de su coraje. No es un libro religioso, que nadie se asuste; es un libro sobre la valentía de plantarse delante de la injusticia y decir no.

Hay que decir que Irving no esconde por qué ha escrito esto ahora. En las entrevistas no se ha mordido la lengua: le cuesta entender, dice, que el fascismo esté volviendo a Europa. Y esa preocupación, la de un hombre mayor que creía ciertas cosas superadas y descubre que no lo están, atraviesa toda la novela sin convertirla nunca en panfleto. Lo político se cuela por donde se cuela siempre en la buena literatura: por la vida de los personajes.

Y es que Irving lleva más de medio siglo demostrando que sabe construir personajes que se nos meten dentro y ya no se van. Desde El mundo según Garp una aprendió a fiarse de él para esto: para acompañar a alguien desde la infancia hasta la vejez, con sus pérdidas y sus rarezas, hasta acabar queriéndolo como a un viejo conocido. Esther pertenece a esa familia de criaturas suyas inolvidables, las que cargan con una herida de origen y deciden, contra todo pronóstico, no convertirse en víctimas. Da gusto comprobar que, a su edad, el escritor no ha perdido la fe en esa clase de gente.

Una cosa tengo que advertirles, por honestidad. Esto es Irving en estado puro, con sus casi quinientas páginas, sus tramas que se ramifican, sus saltos en el tiempo y esa manía suya tan querida de seguir a los personajes durante décadas. Si lo que buscan es una historia de líneas rectas, este no es su libro. Pero si se dejan llevar por su manera de contar, larga y generosa, acabarán encariñándose con Esther como me encariñé yo.

Y conviene leerlo sabiendo lo que late debajo. Irving no escribe ya por necesidad de demostrar nada; escribe porque tiene algo que decir sobre el mundo que le ha tocado ver envejecer. Y lo que tiene que decir, en el fondo, es una defensa de los débiles y un aviso contra los matones, los de antes y los de ahora. No es poca cosa salir de una novela de aventuras de quinientas páginas con esa idea bien clavada en el pecho.

Lo cerré con la sensación de haber pasado mucho tiempo en buena compañía, que es de las cosas que mejor sé pedirle a un libro. Y me quedé pensando en aquella niña del porche, la que no lloraba. Hay personas que vienen al mundo dispuestas a no agachar la cabeza, y Esther es una de ellas. Merece la pena dejarse acompañar por ella un rato largo. Yo no quería que se acabara.

— Ángela de Claudia Soneira

Noticias relacionadas

Redención, de Hilary Mantel. La novela temprana de una maestra que ya apuntaba alto