Libros y LecturasReseñas y Crítica

Donde termina el verano, de Elma Correa. Las niñas que nadie rescata

Hay libros que llegan con el peso exacto de lo que cuentan. Donde termina el verano, de la mexicana Elma Correa, es uno de ellos: una novela sobre dos niñas en Mexicali, en la última ciudad antes de que México se acabe y empiece otra cosa, y sobre lo que la violencia le hace al cuerpo de una amistad cuando todavía no se tiene nombre para llamar a las cosas por lo que son.

Les digo una cosa: llevo muchos años leyendo narrativa latinoamericana — desde los tiempos en que uno se la buscaba en librerías de segunda mano porque no llegaba a España con facilidad — y hay un cierto tipo de prosa que reconozco antes de terminar el primer párrafo. La prosa de quien sabe que lo que cuenta es grave y no necesita subirle el volumen para que se note. Elma Correa tiene esa prosa. Escribe con la precisión de quien ha medido cada palabra y ha decidido quedarse solo con las que hacen falta.

La novela ganó el Premio Biblioteca Breve 2026 — quinto mexicano en conseguirlo, segunda mujer — y eso podría hacernos pensar que estamos ante una obra de catálogo, de esas que acumulan reconocimientos y se leen de pie en las ferias del libro. No es así. Donde termina el verano es incómoda, señoras y señores. Es una novela sobre femicidios, sobre niñas robadas, sobre madres silenciosas que han aprendido a callar como única forma de sobrevivir, y Correa no le da al lector la comodidad de una distancia segura. No hay metáfora que proteja. Lo que ocurre en ese barrio de Mexicali es lo que ocurre, y la literatura tiene la obligación de mirarlo.

Lo que hace que el libro no aplaste al lector — que lo sostenga en su peso sin hundirlo — es la amistad entre las dos protagonistas. Hay una ternura en esa relación que Correa construye con cuidado de joyero: no es la ternura falsa de quien idealiza la infancia, sino la ternura real de dos personas que se cubren las espaldas porque han aprendido que nadie más va a hacerlo. Eso es lo que la violencia amenaza en el libro: no solo los cuerpos, sino esa capacidad de cubrirle las espaldas a alguien.

La prosa hipnótica de la que hablan las reseñas existe y es real, pero no es un truco de estilo: es consecuencia directa de la mirada. Correa mira de frente y escribe como mira. El resultado es un libro que uno tarda en soltar no porque sea adictivo en el sentido del thriller sino porque interrumpirlo se siente como abandonar a alguien en mitad de una historia que todavía no ha terminado.

Compren este libro. Y después, si les apetece, busquen a las otras escritoras mexicanas que llevan años diciendo lo mismo con distintas palabras. Correa no ha llegado de ningún lado: ha llegado de una tradición larga que en España todavía leemos demasiado poco.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

Noticias relacionadas

La ciudad de las luces muertas, de David Uclés. Lo que cabe en un apagón