A mí siempre me ha costado leer filosofía. No la filosofía que viene explicada para personas como yo —esa me gusta, y la agradezco—, sino la otra, la que presupone que ya sabes quién es Hegel y por qué importa. Hay libros que me hacen sentir que llegué tarde a una conversación y que todo el mundo lleva horas hablando de cosas que yo debería saber. Con Chantal Maillard no me pasa eso. Con Maillard, por el contrario, me pasa que cuando llevo tres páginas ya he olvidado que estoy leyendo filosofía, porque lo que estoy leyendo es otra cosa: es alguien pensando en voz alta sobre las cosas que importan, y haciéndolo en un español tan preciso y tan bello que una no quiere que se acabe.
Para una educación senti-mental es un libro que habla de las emociones. No de las emociones como se habla en los libros de autoayuda —con sus esquemas y sus pasos y sus conclusiones tranquilizadoras—, sino de las emociones como territorio de conocimiento. Maillard lleva años sosteniendo que sentir es una forma de saber, que la inteligencia emocional no es una habilidad complementaria a la razón sino algo anterior y más profundo. En este libro lo argumenta con una claridad que no hace concesiones pero tampoco excluye a nadie dispuesto a prestar atención.
El título, con ese guion entre «senti» y «mental», ya dice mucho: no es un juego de palabras decorativo, es una declaración de principios. La educación que propone Maillard no separa el sentir del pensar porque parte de la base de que nunca estuvieron separados, que la separación fue un error de la tradición filosófica occidental que llevamos siglos pagando. Leída así, la propuesta no es solo pedagógica sino política, y Maillard no esquiva esa dimensión.
Lo que más me ha gustado, y esto lo digo sin reservas, es que el libro no tiene ninguna condescendencia. Maillard respeta al lector de una manera que hoy en día es casi una rareza. No le explica de más, no le da todo masticado, no le proporciona la conclusión antes de que haya tenido tiempo de pensar. Hay capítulos que terminan con una pregunta abierta, y eso al principio puede descolocar, pero luego uno entiende que es exactamente el gesto correcto: un libro sobre cómo educarse emocionalmente no puede cerrarse solo. Lo tiene que cerrar el lector con su propia experiencia.
Maillard es también poeta, y eso se nota en la prosa. No de manera ostentosa —no hay aquí metáforas que paren el tráfico—, sino en la atención al ritmo de cada frase, en la elección de cada palabra como si fuera la única posible. Hay frases en este libro que se pueden leer como poemas cortos, frases que una copia en la libreta porque quiere tenerlas cerca.
Merece la pena que se lo dejen recomendar. Y después, si les apetece seguir, que lean Filosofía en los días críticos, que es donde Maillard empezó a ser la escritora que es ahora.
— Ángela de Claudia Soneira








