El ruido secreto de una vida común
Antes de que el lector se pregunte de qué trata este libro, conviene decir de quién habla, aunque el nombre, Feliza, parezca a primera vista una sombra doméstica, un eco de esos álbumes familiares que se hojean deprisa. Los nombres de Feliza, la novela de Juan Gabriel Vásquez, se edifica precisamente sobre esa ilusión de insignificancia: la idea de que una vida aparentemente modesta, sin grandes gestas visibles, no merece ser leída con la misma intensidad con que se leen las biografías de los poderosos. Lo que la novela demuestra, con una paciencia casi obstinada, es lo contrario: que en los gestos pequeños, en los silencios de un matrimonio, en las decisiones tomadas en un apartamento cualquiera, se condensa de manera casi ejemplar la historia entera de un país.
El punto de partida es una investigación íntima. El narrador —un escritor que lleva años obsesionado con las narraciones ajenas, y que esta vez decide dirigir esa obsesión hacia adentro— se propone reconstruir la vida de su madre, Feliza, a partir de lo que quedó: cartas, fotos, recuerdos fragmentarios, conversaciones a destiempo. No busca santificarla ni desmontarla, sino entender de qué está hecha esa figura que durante años vio sobre todo como “mamá”, un pronombre afectivo capaz de borrar la complejidad que se les concede sin esfuerzo a los otros. En esa excavación aparecen los diferentes nombres que la mujer ha tenido: la hija de inmigrantes que cargó con expectativas que no eran suyas, la mujer que amó y fue amada bajo dictaduras y democracias frágiles, la madre que decidió callar ciertos episodios para no contaminar el presente de sus hijos.
El método de la novela se parece más a un archivo afectivo que a un ejercicio de memoria complaciente. Vásquez arma y desarma la vida de Feliza cruzando documentos, testimonios, silencios, y sobre todo esa materia resbaladiza que son las interpretaciones de los demás. Cada capítulo funciona como una aproximación distinta a un mismo rostro que nunca termina de fijarse: la tía que recuerda una anécdota de juventud; el padre que aporta su versión de un conflicto conyugal; el propio narrador, que reconoce en su escritura los prejuicios que le impiden ver ciertas cosas. A medida que el relato avanza, el lector comprende que esos “nombres” de Feliza son también nombres para una generación entera de mujeres latinoamericanas atrapadas en tensiones que desbordan la esfera privada: religión y deseo, tradición y autonomía, miedo político y esperanza vulgar de una vida mejor.
Pero Los nombres de Feliza no es solo la biografía de una mujer; es también un ensayo novelado sobre el modo en que la Historia —con mayúscula, la que aparece en los manuales— se infiltra en la intimidad sin pedir permiso. En la vida de Feliza, como en tantas otras, las dictaduras, las transiciones, las crisis económicas, los exilios interiores van dejando marcas que no siempre se nombran, pero se sienten en la forma de educar a los hijos, de confiar o no en el Estado, de elegir o evitar ciertas conversaciones. El libro muestra cómo el miedo heredado se transmite de una generación a otra como si fuera un objeto que cambia de manos: lo que la madre no contó, el hijo lo intuye y lo busca en los márgenes del relato familiar. Esa tensión entre lo dicho y lo callado, entre el archivo público y el archivo sentimental, es uno de los centros de gravedad de la novela.
En su mejor momento, la prosa de Vásquez se pone al servicio de una pregunta que desborda a Feliza y alcanza al lector: ¿qué derecho tenemos a convertir en materia literaria la vida de quienes no eligieron ser personajes? La novela no se esconde de ese dilema ético; al contrario, lo incorpora como motor del relato. Cada avance en la reconstrucción de Feliza viene acompañado de la conciencia de que toda narración es una traición: se elige un detalle y se abandona otro, se interpreta un gesto con el peso del presente, se ordenan los años para que dibujen una figura coherente que quizá nunca existió. De esa desconfianza hacia sus propias herramientas nace, paradójicamente, la honestidad del libro: en lugar de ofrecer una madre “definitiva”, ofrece el proceso mismo de aprender a mirarla como una persona irreductible, llena de zonas opacas, contradicciones y decisiones que quizá nunca entenderemos del todo.
Al cerrar Los nombres de Feliza, lo que queda no es la sensación de haber leído la vida de alguien más, sino la incomodidad discreta de haber entrado en territorio conocido: cada lector se descubre pensando en los silencios de su propia familia, en las biografías que nunca se contaron, en los nombres que bastó pronunciar en diminutivo para no concederles su pleno espesor. Esa es la apuesta más arriesgada del libro y también su logro: hacer de una historia en apariencia privada una especie de espejo oblicuo donde se reflejan las formas en que un continente entero ha aprendido —y a veces ha fracasado— a contar su pasado. En tiempos de ruido y opiniones rápidas, esta novela exige algo poco habitual: ir despacio, escuchar a los muertos, desconfiar de los relatos fáciles, incluso cuando esos relatos son los nuestros.









