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Las noches del miedo azul de Éric Fouassier. Cuando el cólera mata menos que los hombres

Cuando el cólera mata menos que los hombres

Éric Fouassier sabe que la peor peste nunca viene de la enfermedad sino de lo que el hombre hace cuando ya nadie mira. En Las noches del miedo azul, tercera entrega de la serie del inspector Valentin Verne, el París de la primavera de 1832 se pudre por partida doble: el cólera siembra cadáveres en las calles y alguien aprovecha el pánico para vaciar cuerpos humanos con precisión de cirujano. No se trata de un asesino cualquiera, ni de un loco suelto entre los miserables del barrio de Saint-Merri, sino de algo peor, algo que huele a conspiración y a negocio con la carne muerta.

La novela arranca en el momento exacto en que las instituciones se desmoronan y los rumores valen más que los hechos. Mientras la población parisina se encierra en sus casas y culpa a los envenenadores imaginarios de la epidemia, el inspector Verne recibe el encargo de detener el pánico antes de que explote la ciudad. Pero Fouassier no pierde tiempo en explicaciones moralistas ni en construir héroes de catón: Verne es un funcionario al borde del abismo, metido en tabernas sórdidas, patios inmundos y sótanos donde se trama todo lo que la República prefiere no ver. Los crímenes siguen un patrón preciso: víctimas apuñaladas, mutiladas y despojadas de un órgano vital. Cada cadáver es una firma, cada falta un mensaje que Verne debe descifrar antes de que la violencia desborde las orillas del Sena.

Lo que funciona aquí es la honestidad con que Fouassier retrata el París de 1832, un escenario que no necesita adornos góticos porque ya es suficientemente lúgubre por sí mismo. El autor conoce bien la tradición del policial histórico francés y sitúa a su detective en la estela de Vidocq y Auguste Dupin, pero sin caer en el fetichismo de época ni en la nostalgia turística. Este no es el París de los bulevares iluminados ni el de la bohemia romántica, sino el de los miserables que Victor Hugo estaba a punto de retratar, el de las conspiraciones políticas que estallarían en las barricadas de junio y el de los médicos sin escrúpulos que veían en cada epidemia una oportunidad de negocio.

La trama avanza sin concesiones y sin perder el ritmo, alternando la investigación policial con las intrigas de poder que laten bajo cada decisión oficial. Fouassier maneja bien los códigos del thriller procedimental y sabe cuándo apretar el acelerador y cuándo dejar que la atmósfera haga su trabajo. Los diálogos son secos, funcionales, sin pretensiones literarias pero con la suficiente agudeza para sostener la tensión. Las descripciones de los bajos fondos parisinos —callejones húmedos, cuerpos amontonados, espacios donde la muerte es solo un trámite más— están trabajadas con rigor documental pero sin exhibicionismo erudito.

La editorial Chic ha apostado por traer a España una serie que en Francia ya ha demostrado su solidez comercial y narrativa, y lo ha hecho en un momento en que el mercado pide thrillers históricos bien construidos y sin imposturas. Le Bureau des affaires occultes, título original de la saga, funciona porque no necesita disfraces: es novela negra hecha con materiales de época, sin concesiones al lector perezoso y sin atajos argumentales. Fouassier despliega una intriga apasionante donde historia, crimen y misterio se entrelazan para ofrecer un relato vibrante en el corazón de un París dividido entre el progreso y las sombras.

Lo que queda después de cerrar el libro no es el recuerdo de un detective carismático ni el placer de haber resuelto un enigma ingenioso, sino la certeza de que en tiempos de epidemia los monstruos reales siempre son humanos y que el miedo colectivo abre más puertas que cualquier ganzúa. Fouassier escribe con la convicción de quien sabe que el género negro no necesita pirotecnia sino precisión, y lo hace sin aspavientos pero sin concesiones. Esta tercera entrega consolida una serie que merece ser leída en orden pero que también funciona como novela autónoma para quien busque un thriller histórico honesto, bien armado y con la suciedad justa.

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