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Han pasado 103 años desde el nacimiento de José Saramago en 1922

El hombre que escribió sin puntos para que el mundo respirara de otra manera

Han pasado ciento tres años desde que en Azinhaga, una aldea portuguesa que a nadie le importaba entonces ni le importa ahora, naciera el 16 de noviembre de 1922 un niño hijo de campesinos sin tierra. José de Sousa Saramago llegaría a ser, décadas más tarde y tras mucho trajín y miseria, el único escritor en lengua portuguesa en llevarse un Nobel de Literatura, el de 1998, cuando la Academia Sueca decidió que su manera de contar la realidad «con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía» merecía ese reconocimiento. Y uno se pregunta si el premio se lo dieron por genio o por testarudo, porque Saramago tuvo que esperar hasta los cincuenta y tantos años para encontrar su voz, esa que luego nos machacó con ríos de palabras sin apenas puntos ni comas donde debían estar. Publicó su primera novela en 1947, Terra do Pecado, y luego se calló casi veinte años, como si hubiera necesitado todo ese tiempo para entender que la literatura no se hace con prisas ni con el estómago vacío. Trabajó de cerrajero porque dejó los estudios a los quince años, que es lo que pasa cuando naces pobre y el hambre aprieta más que las ganas de leer. Su madre, analfabeta, le regaló su primer libro, y supongo que ese gesto vale más que todos los premios literarios del mundo.

La cosa cambió en 1980 con Levantado del suelo, donde ya no había vuelta atrás. Ahí apareció el Saramago definitivo, el de la prosa poética y las frases kilométricas, el de los diálogos sin guiones donde los personajes hablan y el narrador se mete en medio sin avisar. Uno lee esas páginas y se pregunta si el tipo respiraba alguna vez o si escribía en apnea, porque sus párrafos son como olas que te arrastran y no te sueltan hasta que te has ahogado en la historia. Luego vinieron Memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres, y otras tantas que confirmaron que Saramago había encontrado su forma de meter el dedo en la llaga de la condición humana, del consumismo, de la democracia podrida, de todo eso que nos duele y fingimos no ver. En El hombre duplicado exploró la angustia del ser anónimo perdido en una sociedad masificada, y en Ensayo sobre la lucidez soltó «una patada, una muestra de indignación» contra los gobiernos que son comisarios del poder económico. Digo yo que un tipo que se permite eso a los ochenta y tantos años merece respeto, o al menos que le dejen escribir en paz.

El Nobel llegó cuando ya tenía setenta y seis años, y supongo que a esas alturas uno ya se ha acostumbrado a que el reconocimiento llega tarde o no llega. Pero llegó, y con él vino la confirmación de que aquel niño de Azinhaga, el que pasó su infancia entre el campo y Lisboa, el que conoció el sabor amargo de la pobreza y el esfuerzo de los que trabajan la tierra sin poseerla, había logrado lo que muy pocos consiguen: inventarse un estilo propio, inconfundible, límpido, casi poético, que lo distinguió de todos los demás. Y digo inventarse porque la literatura es eso, un invento, una mentira bien contada que nos hace entender mejor la verdad. Saramago murió en 2010 en Tías, Lanzarote, lejos de su Portugal natal pero cerca del mar, que es donde todo hombre que ha vivido de verdad merece acabar sus días. Ciento tres años después de su nacimiento, sus libros siguen ahí, recordándonos que la literatura puede ser muchas cosas, pero sobre todo debe ser honesta, valiente y capaz de mirarnos a la cara sin pestañear.

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