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El viaje de mi padre, de Julio Llamazares. Un telegrafista, un invierno y el recorrido que dejó la guerra

Permítanme ser directo: de un país se sabe más por lo que hace con los muertos de sus guerras que por lo que dice de sus héroes. Julio Llamazares ha recibido el Premio Nacional de Narrativa 2026 por El viaje de mi padre, un libro que Alfaguara publicó en septiembre de 2025 y que, fíjense ustedes, ha necesitado un premio para que algunos lectores se acuerden de que existe. No es la primera vez que ocurre ni será la última. Lo que importa es que el jurado ha subrayado su «profundo calado memorialístico y humano», y esa frase, que en boca de un jurado suele ser fórmula, aquí describe con bastante exactitud el asunto.

El asunto es este. En el invierno de 1937, un soldado llegó a la Sierra de Espadán, en Castellón, como telegrafista, acompañado de su amigo Saturnino, después de pasar por Teruel. Ese soldado era el padre del autor. Llamazares ha vuelto a recorrer aquel camino, entre Teruel y Espadán, y el resultado, según lo cuenta él mismo y según lo ha resumido la prensa que cubrió el fallo, combina el libro de viajes con la memoria íntima y con la histórica. No pienso inventarles más argumento del que consta, porque el que consta basta y porque quien reseña lo que no ha podido comprobar se parece demasiado a quien falsifica un parte de novedades.

Sí puedo decirles por qué el planteamiento me parece sólido, y es porque el telegrafista es un oficio de guerra que casi nunca sale en las novelas. No dispara, no manda, no suele dar su nombre a ninguna batalla; transmite lo que otros deciden y se entera de todo sin decidir nada. Es la posición exacta de un hijo que busca a su padre en una guerra que no eligió: sabe mucho, ha oído mucho, y nada de ello le pertenece del todo. Es probable que ahí esté la tensión del libro, y es probable también que esté en el lugar que escoge para ponerla: no en un campo de batalla de manual, sino en unas sierras por las que pasó un joven con un amigo al lado y un invierno por delante. Les advierto que esto es inferencia mía a partir de la ficha y de lo que el autor ha declarado, no un juicio sobre páginas que no tengo delante.

Hay algo más que me interesa, y es la oportunidad. Cuando Llamazares presenta el libro como «un alegato por la paz» en tiempos que considera «muy oscuros», y cuando afirma que «a mi España me empieza a dar miedo y Europa me empieza a dar miedo», está diciendo a las claras que no escribe un homenaje de museo. Escribe contra un olvido que, como todos los olvidos, es también una decisión. Podrá gustar más o menos el tono del aviso, y quien me lea sabe que yo no soy partidario de los sermones en literatura; pero conviene distinguir el sermón del testimonio, y un hombre que sigue las huellas de su padre en una guerra civil está en el segundo género, no en el primero.

Dos cautelas. La primera: que un libro lleve un premio nacional no lo hace mejor ni peor, lo hace más visible, y la visibilidad es un arma de doble filo que a veces convierte una lectura íntima en un compromiso de sobremesa. Ojalá lo lean quienes lo necesitan y no solo quienes lo necesitan para citarlo. La segunda: el mismo planteamiento, recorrer el itinerario de un padre soldado, se ha ensayado muchas veces y tiene su fácil sentimentalismo; solo las páginas dirán si Llamazares lo ha esquivado. Yo me limito a dejar constancia de lo que se sabe, y lo que se sabe está pesado dato por dato.

Queda lo esencial. Hay una generación que ya no puede preguntar a los suyos qué hicieron en aquellos inviernos, y hay otra que debe decidir qué hace con lo poco que le queda: documentos, silencios, el nombre de un amigo y una ruta que todavía se puede caminar. Llamazares la ha caminado. Que ese camino sea hoy un Premio Nacional dice más del estado de nuestra memoria que de la fortuna del autor, y eso, señoras y señores, es una noticia mejor y más incómoda que cualquier premio.

Léanlo, pues, con calma, sin prisas, que es como se merece lo que cuesta recordar.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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