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Cervantes vivo de José César Álvarez. Cuando la palabra no alcanza lo que la herida guarda.

Cuando la palabra no alcanza lo que la herida guarda

Leí Cervantes vivo de José César Álvarez en una tarde de poca luz, uno de esos días en que ni siquiera las moscas se mueven, y me quedé con la sensación de haber atravesado un umbral extraño, como si de pronto se corriera una cortina y detrás estuviera Cervantes sin afeites, sin el barniz de los tópicos, despojado hasta de su propia leyenda. No es un libro que te haga sentir cómoda, no es uno de esos que te dejan saboreando una frase pulcra o una idea redonda. Este libro duele, remueve, incomoda. Y eso, precisamente eso, es lo que lo convierte en algo necesario.

Álvarez ha ido detrás del Cervantes que las biografías oficiales olvidaron o maquillaron, y lo hace con una terquedad casi obsesiva, documentando cada paso, cada pleito, cada herida física y simbólica que el escritor cargó como quien lleva una cruz sin esperar medallas. Reconstruye el árbol genealógico de los Cervantes desde el abuelo litigante, don Juan, hasta Miguel, pasando por el padre cirujano y sordo, Rodrigo, que ejercía sin título académico pero con manos capaces. La familia entera aparece retratada como lo que fue, una estirpe de supervivientes que navegaba entre deudas, pleitos, mudanzas forzadas y ambiciones truncadas, siempre a un paso del naufragio.

Lo que más me ha conmovido no es tanto el dato histórico en sí, que los hay a raudales, sino el modo en que Álvarez devuelve a Cervantes su condición de hombre roto. No el héroe de Lepanto que nos vendieron en el colegio, sino el soldado que peleó enfermo, con calenturas, en primera línea, y que salió de aquella batalla con la mano izquierda destrozada y el pecho agujereado. El hombre que pasó cinco años cautivo en Argel, que intentó escapar cuatro veces, que vio cómo sus compañeros eran empalados o ahorcados, y que al volver a España no encontró reconocimiento sino más pobreza. El escritor que escribió el Quijote entre deudas, excomuniones, cárceles y el acoso de la envidia ajena. El padre que no vivió con su hija Isabel pero que le dio su apellido, Saavedra, ese doble apellido durmiente que Álvarez demuestra que no fue un invento argelino sino herencia familiar.

Álvarez no escribe con el pudor del académico que teme mancharse las manos. Escribe con rabia contenida, con una pasión que a ratos parece desbordarse, como si necesitara gritar que Cervantes no fue solo el genio que todos celebramos sino también el hombre que nadie quiso ver. Y en esa pasión hay un riesgo, porque el libro a veces se pierde en los vericuetos de la documentación, en los pleitos interminables del abuelo con los Mendoza, en las firmas y contratos y partidas de bautismo que se acumulan como pruebas de cargo. Pero ese exceso es también su virtud, porque nos obliga a aceptar que la vida de Cervantes no fue una sucesión ordenada de hechos gloriosos sino un lío pavoroso de supervivencia y dignidad.

Lo que me parece más audaz de esta biografía es su capacidad para desmontar mitos sin aspavientos. Álvarez demuestra, con documentos del Archivo Histórico Nacional, que Cervantes estudió en la Universidad de Alcalá de Henares, algo que durante siglos se le había negado. Prueba que nació en esa ciudad, en la casa de la calle Imagen, y que Alcalá fue su referencia vital, el lugar al que volvía una y otra vez, incluso para corregir las erratas del Quijote con el licenciado Murcia de la Llana. Y desmonta, con una paciencia casi franciscana, la patraña de que el apellido Saavedra fue un mote adoptado en Argel, demostrando que ya lo usaba antes, en documentos de 1568, y que era el apellido durmiente de los Cervantes.

Hay algo profundamente conmovedor en la imagen que Álvarez traza del hombre que quería ser poeta y nunca fue reconocido como tal en vida. Cervantes escribió teatro, novelas pastoriles, novelas ejemplares, el Viaje del Parnaso, pero solo después de muerto, cuando los extranjeros empezaron a traducirlo y a leerlo con otros ojos, se descubrió que había sido un poeta enorme sin saberlo, que había volcado toda su carga lírica en la prosa del Quijote. Y mientras tanto vivió en la sombra de Lope de Vega, aguantando sus pullas en las academias, sabiendo que Lope escribía más rápido, que tenía más éxito, que el público lo adoraba. Pero Cervantes resistió, escribió despacio, con una obstinación que parece venirle de dentro, de esa convicción íntima de que lo que hacía merecía la pena aunque nadie se lo reconociera.

Cervantes vivo es un libro incómodo porque obliga a mirar lo que preferimos no ver. La pobreza, el fracaso, la enfermedad, la vejez sin gloria. Pero también es un libro necesario, porque devuelve a Cervantes su humanidad, lo rescata del mármol de los monumentos y lo planta otra vez en el barro de la vida. José César Álvarez ha escrito una biografía que no busca la complacencia sino la verdad, y eso, en estos tiempos de poses y medias tintas, es un acto de valentía.

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