Asesinato en el Molino del Cura, de Arantza Portabales: La memoria como campo minado
Hay un tipo de miedo que no se activa con los hechos sino con su ausencia. Un miedo que se asienta donde debería haber recuerdo y no hay nada: solo una cicatriz en la cabeza y un vacío imposible de llenar. Ese es el territorio del que parte Asesinato en el Molino del Cura, la segunda entrega de la serie gallega «Los Crímenes de Loeiro», que Arantza Portabales publica en Lumen en abril de 2026, y que demuestra que esta escritora donostiarra afincada en la narrativa negra ha entendido algo que no todos los autores del género comprenden: el misterio más perturbador no es lo que ocurrió, sino lo que el cerebro decidió borrar para sobrevivir.
Alba Mariño tiene cincuenta años, una vida sin anclas y un hueco en la cabeza donde debería vivir su infancia. Desde niña arrastra una cicatriz y una amnesia que no tiene explicación médica precisa, pero que regresa en forma de miedo antiguo cuando aparece en el telediario una noticia sobre Loeiro. Es ese estímulo mínimo, esa imagen fortuita en una pantalla, lo que la arrastra de vuelta al pueblo costero donde ocurrió algo que no recuerda y que, según descubrirá, tampoco nadie ha querido recordar con demasiada claridad. «Una noche de 1984», dice la sinopsis editorial, «tiene lugar una salvaje matanza en Loeiro». Los vecinos lloran a Berta, una niña de nueve años. Nadie habla de la carnicería que se produjo en el Molino del Cura. Y en esa distancia entre lo que se llora públicamente y lo que se entierra en silencio está el núcleo de toda la novela.
Portabales construye aquí un relato con doble plano temporal: 1984 y el presente. La estructura no es nueva en el género negro, pero la forma en que esta escritora la usa sí tiene algo propio. El pasado no funciona como telón de fondo sino como amenaza activa. «Un crimen enterrado en silencio, un asesino aún vivo y dispuesto a matar, y unos vecinos que saben tanto como callan»: esa frase de la contraportada no es solo gancho comercial, es el mapa ético de la novela. La comunidad que calla no es inocente; la amnesia de Alba no es solo neurológica. El pueblo gallego, con su bruma, sus linajes enquistados y sus secretos hereditarios, funciona como un personaje más.
La investigadora Iria Santaclara regresa del primer caso de la serie, Asesinato en la Casa Rosa (Lumen, 2025), y lo hace en compañía de César Araújo, el exjefe jubilado que ya demostró en aquella entrega que su retiro no implica ni distancia ni indiferencia. A ellos se suma Sinda «la Gestapo», personaje de esas denominaciones que en Galicia operan como apodos exactos, que dicen de alguien más cosas que un expediente policial. Portabales sabe que la novela negra gallega tiene una geografía social particular: pueblos pequeños donde todos se conocen, donde el rencor tiene apellido, donde la memoria colectiva se organiza en torno a lo que conviene no saber.
Las hermanas Freijomil, nietas del cura del molino, son el otro eje. En ellas se concentra todo el peso de lo heredado: el nombre, la propiedad, la culpa que nadie ha nombrado en cuarenta años. Portabales ya demostró con la serie de Abad y Barroso que sus antagonistas no son figuras de catálogo. Tienen historia propia, deudas propias, y una coherencia interna que los hace más inquietantes que cualquier monstruo inventado. Las Freijomil apuntan en la misma dirección.
Con más de 130.000 lectores acumulados en la serie anterior y una posición consolidada en las mesas de novedades de toda España, Portabales no necesita demostrar nada en términos comerciales. Lo que demuestra en este libro es que no escribe para sostener un éxito sino para ir más lejos que el anterior. La Galicia que dibuja no es pintoresca. Es un territorio donde los muertos no descansan porque los vivos nunca terminaron de enterrarlos del todo.








