Libros y LecturasReseñas y Crítica

El ejército ciego, de David Toscana: Quince mil ciegos que caminan hacia nosotros

El ejército ciego, de David Toscana: Quince mil ciegos que caminan hacia nosotros

Hay una imagen que no se olvida fácilmente: quince mil soldados búlgaros atraviesan los Balcanes a tientas, con los ojos arrancados por orden del emperador Basilio II, guiados cada cien hombres por uno al que dejaron un ojo para que no se pierdan del todo. Ocurrió en el año 1014. La historia lo registró como episodio de guerra, lo archivó en sus crónicas medievales y siguió adelante, como hace siempre con las derrotas de los que no tienen nombre. David Toscana no siguió adelante. Se quedó ahí, con esa imagen, y escribió El ejército ciego —Premio Alfaguara de Novela 2026, Alfaguara, 26 de marzo—, que el jurado presidido por Jorge Volpi describió como «una gran épica de los vencidos».

Toscana tiene sesenta y cuatro años, una docena de libros publicados, premios importantes —el Xavier Villaurrutia, el Elena Poniatowska, el Bienal Mario Vargas Llosa—, y una forma de entender la narrativa que resulta difícil de clasificar. Él mismo lo dijo al recoger el galardón en el Palacio de Cibeles: «Trato de pelear para que la prosa pueda usurpar el lugar de la poesía, sin serlo.» Eso es exactamente lo que el jurado encontró en el manuscrito que firmó bajo el seudónimo de Kozaro, el Escriba: un texto que tiene la densidad y el ritmo de la poesía épica sin renunciar a la carnalidad de la novela, sin perder de vista los cuerpos concretos que arrastran sus heridas de vuelta a casa.

La novela la narra Kozaron, un escriba invidente, en primera persona. Esa elección no es un capricho formal. Poner la voz del relato en un hombre sin ojos en una historia sobre soldados a los que han arrancado la vista es una apuesta que tiene sus riesgos —la coherencia se puede romper en cualquier momento si la mirada interior no es lo bastante firme— y Toscana la sostiene con una seguridad que viene de décadas de oficio. La narración avanza en tono oral y poético, mezcla de testimonio directo, leyenda y humor negro, y esa mezcla es lo que la distingue de la novela histórica convencional: no hay aquí el frío de la reconstrucción erudita ni el calor artificial de la épica de consumo. Hay algo más incómodo y más verdadero: el relato de alguien que estuvo ahí, o que pudo haber estado, y que cuenta lo que los libros de historia no contaron porque la historia no se interesa por los que pierden.

Las microhistorias que van surgiendo en la marcha a tientas de esos quince mil hombres son el corazón de la novela. Cada soldado ciego es también un hombre con su vida, su memoria, su forma particular de soportar lo insoportable. Toscana construye ese mosaico con humor negro —y aquí el humor no es alivio sino forma de dignidad, la única que queda cuando ya no queda ninguna otra— y con una compasión que se niega a ser sentimental, que no pide al lector que llore sino que piense. Jorge Volpi, presidente del jurado, señaló que esas historias particulares de los ciegos reflejan lo que ocurre «con todas esas víctimas anónimas del poder autoritario» en el presente. Toscana, con su habitual elegancia, contestó que cuando escribía no pensó mucho en la época actual: «Las novelas piensan por sí solas.»

El Premio Alfaguara lleva el sello de 147.000 euros, una escultura de Martín Chirino y la publicación simultánea en todo el mundo de habla hispana. No es un premio pequeño ni modesto. Los nombres que lo han ganado antes —Eliseo Alberto, Laura Restrepo, Santiago Roncagliolo, Almudena Grandes— forman una lista que dice algo sobre lo que el galardón ha buscado en sus veintinueve ediciones: narrativa con ambición, con forma propia, con voluntad de durar. Toscana llega a esa lista después de una carrera que en España había sido más apreciada por los que buscan que por los que encuentran por casualidad, y que con este premio encontrará por fin la visibilidad que su obra merece.

El libro se publica el 26 de marzo. Será uno de los títulos decisivos de la temporada, no porque lo diga ninguna lista sino porque lo dice la contundencia del proyecto: un escritor en su madurez, una historia de trece siglos que habla del presente con más precisión que muchas novelas del aquí y el ahora, y una prosa que, como él mismo quiere, se empeña en robarle terreno a la poesía. Conviene reservar el tiempo que merece.

Noticias relacionadas

Maite, de Fernando Aramburu: Cuatro días para no mirar