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El amo, de Santiago Díaz: Lo que lleva veinte años haciéndoles a las mujeres tiene un nombre, y es un hombre

El amo, de Santiago Díaz: Lo que lleva veinte años haciéndoles a las mujeres tiene un nombre, y es un hombre

Hay algo en el crimen hacia los cuerpos de las mujeres que ya no sorprende, y eso debería ser lo que más nos perturbase. Que cuando una lee que las han secuestrado, que han parido encerradas, que las han matado después, lo primero que piensa es: claro, otra vez. Santiago Díaz lo sabe. El amo (Alfaguara, 2026), segunda entrega de la serie del subinspector Jotadé Cortés, arranca con esa lógica terrible bien encajada en el hueso de la trama: él lleva más de veinte años secuestrándolas, ninguna ha regresado, y nadie lo ha encontrado. Veinte años. Una carrera entera haciendo exactamente lo que quería con los cuerpos de otras personas.

El punto de partida es una adolescente muerta en una parada de autobús del extrarradio madrileño, una fría mañana de invierno, con el cuerpo que acaba de dar a luz. Es la última de una serie. No la primera. Jotadé Cortés, el único policía gitano de su comisaría, entra en el caso con la vida doméstica también rota: crisis con Lola, los intentos fallidos de ser padres de nuevo, Lucía metida en algo oscuro en el centro de menores donde reside. Díaz no separa las capas. Lo personal no espera fuera de la comisaría mientras dura la investigación. Lo personal es el ruido de fondo constante, el que te distrae en el momento equivocado y a veces, solo a veces, es también el que te da la pista que nadie más hubiera visto.

Jotadé funciona porque es un personaje que no encaja del todo en ningún sitio, y Díaz tiene la inteligencia de no resolverlo. No es el policía marginado y torturado del género nórdico, ni el héroe honrado que triunfa en el sistema. Es alguien que ha aprendido a moverse dentro de una institución que no fue diseñada para él, y que usa esa posición como ventaja sin idealizarla. En El amo, esa tensión entre pertenecer y saber que no perteneces del todo se intensifica cuando la investigación empieza a señalar hacia el entorno cercano, hacia lo que se lleva años mirando sin ver porque no se quería ver. Díaz construye ahí su mejor truco: la verdad terrible no está lejos, está justo donde uno ha decidido no buscar.

El criminal del título —el amo, así, con esa palabra que lleva dentro toda la arquitectura de la posesión— es alguien que se ha creído con derecho a fabricarse una familia a la fuerza, que ha entendido la maternidad ajena como un recurso propio. La novela no entra en su cabeza con morbo de telefilm, no lo explica como un perturbado solitario que actúa desde el margen. Lo instala en la normalidad, que es donde habita la mayor parte del horror real, y eso incomoda de una manera que las explicaciones psicopatológicas de manual no incomodan. Begoña Vidal Ferreres, en Todo Literatura, lo describe como una novela que te obliga a mirar donde no quieres. Exacto. Y lo que no quieres mirar es precisamente lo cotidiano, lo que está cerca, lo que tiene nombre y dirección y quizás también cara conocida.

El ritmo de El amo es lo que hace que sus trescientas noventa y dos páginas no se acumulen sino que tiren. Díaz escribe con diálogos que suenan como habla real, que tienen esa cadencia de conversaciones que se cortan antes de acabar porque hay cosas que no se dicen en voz alta, y con una estructura que va dosificando la información con la calculada cicatería del que sabe exactamente cuándo puede permitirse soltar un dato y cuándo no. No es una escritura de adornos. Es una escritura de presión sostenida, de tensión que no se relaja del todo ni en las escenas más domésticas, y eso es más difícil de lograr de lo que parece.

Lo que tiene El amo que va más allá del thriller bien ejecutado es que trata la maternidad como campo de batalla sin romantizarla ni convertirla en metáfora. Las mujeres de esta novela no son madres simbólicas ni víctimas abstractas. Son cuerpos concretos a los que se ha forzado a parir, y esa concreción, esa negativa a elevar el horror a alegoría, es lo que hace que la denuncia funcione donde otros relatos similares se quedan en el gesto. Santiago Díaz ha entendido algo que no todos los escritores de género entienden: que la brutalidad narrada con frialdad duele más que la narrada con énfasis.

Con más de trescientos mil lectores en la primera entrega de la serie, El amo llega con la presión de confirmar una promesa. La confirma. Y lo hace sin condescender con quien ya conoce a Jotadé y sin hacer incomprensible la novela para quien llega nueva. Eso, que parece una habilidad menor, es en realidad una de las más complicadas del género.

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