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La penúltima hora de Salman Rushdie: cinco balas de ficción disparadas contra la muerte

La penúltima hora de Salman Rushdie: cinco balas de ficción disparadas contra la muerte

A cierta edad, cuando uno ha visto ya suficientes cadáveres propios y ajenos –los de carne y hueso, y los otros, los de las ilusiones–, deja de tomarse en serio según qué exhibiciones de valentía literaria. Lo que hace Rushdie en La penúltima hora, sin embargo, pertenece a otra categoría. Después de que un fanático intentara matarlo en 2022 y de contarlo sin adornos en Cuchillo, el viejo zorro decide volver a la ficción y, en lugar de esconderse en la alegoría amable, mira de frente aquello que todos fingimos no ver: el último tramo del camino, la proximidad del final, la hora en que se hace inventario de lo vivido y de lo perdido. Podría haber escrito una novela de tesis, pesada, ejemplarizante. En su lugar entrega cinco relatos que son cinco maneras distintas de preguntarse lo mismo: qué hacer cuando uno sabe que ya está en la penúltima hora, no en la primera.

El libro arranca en el sur, bajo un sol que atraviesa persianas y huesos, con dos viejos que salen tambaleándose a sus galerías como si respondieran a una orden antigua, ajena, quizá dictada por el azar o por los dioses cansados de mirar. No son héroes, ni santos, ni villanos. Son hombres gastados por el tiempo y por su propia biografía criminal, dos ancianos delincuentes que se mueven por un escenario que huele a polvo, a óxido y a cuentas pendientes. Rushdie maneja la escena con la solvencia de quien ha pasado la vida levantando mundos: basta un par de frases exactas –los “pobres puritanos de noche y de día”, los viejos atrapados en coincidencias aciagas– para que el lector entienda que aquí no se viene a la compasión, sino al ajuste de cuentas. Lo que sigue es un catálogo de vidas que se acercan al final arrastrando delitos, culpas, amistades deformadas por la violencia y por el dinero, pero también una terquedad casi admirable a la hora de permanecer en pie un día más.

En otro de los relatos, un matrimonio que se cree bendecido por la música y por los dólares descubre que el dinero y las canciones no bastan para proteger a nadie de la intemperie. Rushdie, que lleva décadas escribiendo sobre la mezcla de culturas, lenguas y supersticiones, coloca a esa pareja en un territorio donde lo mágico y lo cutre conviven sin pudor: hay hechicerías domésticas, supersticiones de barrio, ritos improvisados para conjurar la mala suerte, pero también cuentas bancarias, contratos y una vulgaridad contemporánea que se cuela en cada esquina. El resultado es un tipo de realismo sucio con brillo de fantasía: nada de encantamientos solemnes ni de hadas sabias; lo que hay son tipos normales peleando con la muerte a golpe de rituales ridículos y talismanes de saldo, mientras el narrador los mira con una ironía que nunca termina de ser crueldad.

Quizá el relato más venenoso del volumen sea el del fantasma de un académico inglés que vuelve del otro lado con ganas de venganza. Aquí Rushdie se divierte, y de paso se cobra antiguas deudas con ese mundo universitario anglosajón que conoce de sobra: departamentos que huelen a moho y soberbia, colegas más interesados en acuchillarse entre ellos que en leer, teorías que se toman demasiado en serio a sí mismas. El profesor muerto pasea por esos pasillos con la misma mala leche con que algunos veteranos miran hoy la corrección política y las nuevas inquisiciones: sabe que su tiempo pasó, pero se resiste a aceptar que los que vienen detrás son mejores, o siquiera menos mezquinos. Entre susto y susto, el cuento funciona como una pequeña parábola sobre la vanidad intelectual, el narcisismo académico y esa forma especial de cobardía que consiste en esconder la ambición detrás de grandes palabras. Uno sospecha que el autor se ha divertido mucho escribiéndolo y que, al mismo tiempo, ha puesto ahí más de un nombre propio disfrazado.

Rushdie se permite también una muerte misteriosa y, sobre todo, una parábola limpia sobre la libertad de expresión que, en su caso, ya no es un asunto teórico sino un asunto de cicatrices. No hace falta que repita la historia de Los versos satánicos ni de la fatua, ni del cuchillo que casi le abre la garganta: basta con que deje a un personaje plantado frente a la pregunta esencial del oficio –qué se puede decir, qué se debe decir, qué precio se está dispuesto a pagar por decirlo– para que el lector entienda de qué se habla. El cuento no sermonea. Muestra periodistas, escritores, activistas que se mueven entre editoriales prudentes, gobiernos que prefieren no complicarse la vida y fanatismos que siempre encuentran excusa para sentirse ofendidos. La parábola acaba por donde debe: recordando que los libros, a veces, matan más lentamente que las balas, pero matan; y que la única respuesta digna consiste en seguir escribiendo, aun sabiendo que cada línea puede ser la que active el siguiente cuchillo.

Todo esto estaría bien, pero sería insuficiente, si el libro no tuviera algo más que ideas claras. Esa otra cosa es el estilo. Aquí, después del ataque, Rushdie suena más directo, menos barrocamente juguetón, pero igual de dueño del oficio. La imaginería, la mezcla de registros, la manera de saltar de Bombay a Londres y de ahí a Nueva York sin que se caiga la arquitectura, siguen intactas, aunque uno nota una urgencia nueva, como si el escritor supiera que ya no le sobra tiempo para florituras. Las historias recorren los tres países que han marcado su biografía –India, Inglaterra, Estados Unidos– y se permiten reencuentros explícitos con personajes de Hijos de la medianoche, en un gesto que tiene algo de despedida y algo de guiño para los lectores fieles. No es un ejercicio de nostalgia, sino de cierre de círculo: las calles de Bombay, los barrios ingleses, las ciudades norteamericanas forman un mapa sentimental y político que el libro revisita con la calma de quien repasa, por última vez, los lugares donde fue verdaderamente él mismo.

Sobre esa materia se posa la traducción de Luis Murillo Fort, que hace exactamente lo que tiene que hacer un traductor cuando el texto es de un viejo tigre al que nadie le perdonaría el falseo: no estorbar, no domesticar, no limar las aristas que hacen que Rushdie sea Rushdie. El castellano mantiene la mezcla de solemnidad y cuchillada irónica, respeta los ritmos largos cuando el relato lo pide y sabe apretar las tuercas en los diálogos y en los remates. Quien haya leído a Rushdie en inglés reconocerá la cadencia; quien lo lea por primera vez en esta versión tendrá la impresión –rara y valiosa– de estar ante una voz sin intermediarios.

La penúltima hora no es un libro perfecto, ni falta que le hace. Hay un par de relatos más redondos que otros, algún pasaje donde la metáfora alza un poco demasiado el vuelo y amenaza con perder de vista el suelo, y momentos en que la conciencia de estar escribiendo “tras el ataque” asoma más de la cuenta. Pero el conjunto tiene algo que escasea en estos tiempos de literatura higiénica: peligro. Peligro de verdad. Peligro de tocar asuntos que siguen costando vidas; peligro de reírse en la cara de la muerte y de los que la administran en nombre de su dios, de su ideología o de su rencor. A Rushdie le clavaron un cuchillo y sigue aquí, contando historias sobre ancianos criminales que aún no se rinden, matrimonios que se juegan la suerte a una canción, fantasmas que regresan con ganas de ajustar cuentas y escritores que saben que cada palabra puede ser la última. Uno cierra el libro con la sensación de haber asistido a eso mismo: a un hombre que, en su penúltima hora, se obstina en escribir como si todavía fuera la primera. Y, literariamente hablando, conviene agradecerlo.

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