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EN EL AMOR Y EN LA GUERRA (LA CATEDRAL DEL MAR 3). Ildefonso Falcones

Cuando las bombas también caen sobre la conciencia

Hay épocas en las que a los novelistas les da por mirar al pasado como quien examina un arma vieja: para ver si todavía dispara. En el amor y en la guerra, la tercera entrega de la saga que arrancó con La catedral del mar, pertenece a esa estirpe de libros que se abren como un archivo de culpa colectiva: páginas manchadas de barro, sangre seca y decisiones que uno preferiría no haberse visto obligado a tomar. Falcones nunca ha sido un estilista delicado, ni falta que le hace; su territorio es el de las pasiones grandes, el ruido de fondo de la Historia y el lector que entra en la novela como en una plaza donde ya está montado el cadalso.

La historia le sirve al autor para repetir su jugada más conocida: un personaje arrastrado por los acontecimientos, no tanto héroe como superviviente tenaz, que se abre paso entre injusticias y violencias de manual. El amor, en esta novela, no es bálsamo ni redención fácil, sino algo que se ensucia en la trinchera, en la cama, en la sala donde se firman órdenes que condenan a otros. No hay romanticismo cómodo: hay lealtades que se compran caro, cuerpos que se pierden sin gloria y una guerra que, como todas, termina desembarcando en la cocina de casa. El lector reconoce el mecanismo y, aun así, se queda. A eso se le llama oficio.

El libro está construido con la cadencia de los viejos folletines: capítulos que empujan hacia el siguiente, escenas diseñadas para dejar al lector en vilo y un sentido muy claro de que aquí se ha venido a contar una historia, no a innovar la novela europea. La prosa es directa, funcional, con esos destellos de lirismo contenida que Falcones reserva para los momentos de derrota o de pérdida irreparable; cuando alguien abandona lo que ama, el ritmo se ralentiza, la frase se alarga apenas lo justo, y se nota que el autor sabe dónde presionar. El resto del tiempo manda la acción: juicios sumarios, persecuciones, cambios de bando, traiciones que se olían desde la primera aparición de cierto personaje, pero que igual duelen cuando se consuman.

Hay en esta tercera parte un elemento que la separa de sus predecesoras: la sensación de cansancio moral. Mientras La catedral del mar jugaba con la épica del ascenso social y la lucha contra la opresión feudal, aquí el horizonte está lleno de ruinas, y ya nadie cree de veras en la limpieza de ninguna causa. La guerra, tal como la presenta Falcones, es un escenario donde los buenos se ensucian y los malos también sangran, y el lector acaba entendiendo que el título, con su aparente simetría, es más bien una constatación amarga: amar en ese contexto implica aceptar la posibilidad de convertirse en verdugo, aunque sólo sea por omisión.

Se le puede reprochar a la novela lo de siempre: cierta reiteración de esquemas, una tendencia a subrayar lo que el lector habría entendido solo, personajes secundarios que aparecen para cumplir una función y luego se disuelven sin dejar demasiada huella. Pero sería ingenuo exigirle a Falcones lo que no promete. Lo que ofrece es otra cosa: un gran escenario histórico donde se cruzan pasiones reconocibles, un andamiaje narrativo sólido y esa eficacia brutal del best seller que no pide permiso para robarte cuatro noches de sueño.

Al cerrar En el amor y en la guerra queda la impresión de haber asistido a una suma de vidas arrasadas donde, sin embargo, todavía quedan restos de dignidad, pequeñas victorias íntimas que no salen en los partes de guerra. Es ahí donde el libro justifica su existencia: no en la reconstrucción minuciosa del contexto ni en la erudición, sino en ese instante en que el lector se descubre pensando qué habría hecho él, a quién habría traicionado, a quién habría salvado. Y esa pregunta, incómoda, es la clase de metralla que una novela verdaderamente popular debería dejar dentro.

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