Libros y LecturasReseñas y Crítica

Una niña buena, de Elísabet Benavent. Aprender a decir que no

La otra tarde, esperando a que hirviera el agua para la pasta, me acordé de una época —tendría yo veintitantos— en que decía que sí a todo. Sí a los planes que no me apetecían, sí a los trabajos que no me llenaban, sí a las opiniones ajenas sobre cómo tenía que vivir mi propia vida. Una no se da cuenta de que está siendo complaciente hasta que un día, ya lejos de esos años, mira hacia atrás y piensa: ¿por qué dije que sí tantas veces cuando lo que sentía era que no? Con esa pregunta rondándome empecé Una niña buena, la nueva novela de Elísabet Benavent, y no tardé en darme cuenta de que la pregunta era, más o menos, la misma que se hace su protagonista.

Júlia Casanovas trabaja en un bar de tapas de Barcelona. Hace diez años fue actriz, y buena, hasta que aceptó un papel que le rompió por dentro algo que tardaría toda una década en volver a coser: el amor por su propio oficio, y con él, buena parte del amor por sí misma. Ahí sigue Júlia cuando aparece un desconocido con un mensaje que a cualquiera le pondría el vello de punta: «Creo que te necesito». A partir de esa frase, tan breve como inquietante, Júlia tiene que decidir si vuelve a tirar los dados, si le oculta a su madre —controladora, presente, de esas madres que quieren tanto que a veces ahogan— que está a punto de intentarlo de nuevo, y si se deja llevar, por una vez, por lo que le dicta el instinto y no lo que le dictan los demás.

Benavent —Suma de letras publica esta novela de más de seiscientas páginas, gruesa como pocas de las suyas— vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer, que es coger un tema que en manos de otra autora podría quedarse en frase de autoayuda de Instagram —»quiérete a ti misma», que ya cansa de tanto repetirse— y convertirlo en una historia con nombre, con apellido, con un bar de tapas de fondo y una madre que llama tres veces al día. Ahí está el talento de esta autora, en mi opinión bastante infravalorado por quienes no la han leído: no en el tema, que puede parecer manido, sino en cómo lo encarna. A mí me pasa que puedo recitar de memoria el argumento de una novela romántica y aun así quedarme enganchada si quien la escribe sabe darle cuerpo a los personajes, y aquí lo tiene.

Lo que más me ha interesado —y esto es lo que me ha hecho detenerme, subrayar, releer un par de páginas— es cómo trata Benavent el asunto de la complacencia como herida, no como defecto de carácter. Júlia no es «buena» porque sea mejor persona que las demás; es buena porque en algún momento de su vida aprendió que decir que sí la hacía más querible, más manejable, más fácil de tener cerca. Y a una se le encoge algo por dentro reconociendo ese mecanismo, porque no hace falta haber sido actriz ni haber tenido una madre tan presente como la de Júlia para haberlo vivido en versión más pequeña, más doméstica, más de todos los días.

Hay, además, esa idea que a mí me parece la más honesta del libro: que el amor pasado no desaparece solo porque hayamos decidido archivarlo. Se queda ahí, en un cajón, esperando a que alguien —o algo, o una frase tan rara como «creo que te necesito»— lo abra de nuevo. Benavent no convierte eso en melodrama; lo trata con la delicadeza de quien sabe que la nostalgia, mal administrada, hace mucho daño, y bien administrada, puede incluso enseñarnos algo.

No voy a decir que sea una novela perfecta —ninguna lo es, y menos las que se atreven con seiscientas páginas de una sola protagonista sostenida en pie durante todo el libro—, pero sí es de las que a mí me han hecho compañía estas semanas, y no es poco decir eso de un libro en estos tiempos en que todos vamos con prisa hasta para leer. Merece la pena que se dejen encontrar por esta novela, sobre todo si alguna vez han dicho que sí cuando por dentro estaban diciendo que no. A esas, y a esos, este libro les va a sonar de algo.

— Ángela de Claudia Soneira

Noticias relacionadas

La carne, de David Szalay. El superviviente que no siente nada