Conviene decir desde el principio que Un día en la vida de Clarita no es la novela pequeña que su planteamiento sugiere. Una empleada de banco, treinta años en el mismo sitio, el último día antes de la jubilación: con ese material se escribe habitualmente un cuento largo y amable sobre el paso del tiempo. Rosa Montero publica en Alfaguara otra cosa.
La protagonista lleva tres décadas ocupando poco espacio. La novela insiste en esa expresión y hace bien, porque ahí está todo: Clarita ha convertido la discreción en oficio y la precisión en coartada. En una oficina donde cada gesto está previsto de antemano, ser exacta es la mejor manera de no existir. Llega al último día sin imaginar una etapa nueva sino un vacío difícil de nombrar, y esa distinción —no el miedo al final, sino la incapacidad de figurarse lo que viene— es el hallazgo real del libro.
Lo que ocurre después es un suceso inesperado que altera la rutina y obliga a la protagonista a reaccionar. No voy a detallarlo. Sí importa lo que hace la novela con él: en unas pocas horas emergen en Clarita una inteligencia, un deseo, la rabia, un atisbo de libertad. Cuatro cosas, y en ese orden. La rabia llega después del deseo y antes de la libertad, que es exactamente como suele funcionar y casi nunca como se cuenta.
Importa entender qué clase de trabajo es el suyo, porque la novela lo describe con una precisión que no es casual. Clarita no atiende al público ni firma operaciones: ocupa uno de esos puestos intermedios donde la tarea consiste en que nada falle y donde hacerlo bien significa, literalmente, que nadie se acuerde de ti. Treinta años de eso producen una deformación profesional muy concreta, que es la de confundir la ausencia de problemas con la ausencia de vida. Montero no necesita explicarlo: le basta con describir el orden del cajón de la mesa y la rutina de los primeros veinte minutos de la mañana. El lector hace el resto del cálculo solo.
Hay un tipo de novela sobre mujeres mayores que lleva años circulando con un problema de origen: convierte la vejez en tema y a la protagonista en síntoma. El personaje existe para ilustrar algo —la soledad contemporánea, el edadismo, el descarte— y el lector sale del libro habiendo comprendido una cuestión social sin haber conocido a nadie. Montero esquiva esa trampa por la vía más difícil, que es la del humor. Clarita tiene gracia. No es simpática: tiene gracia, que es otra cosa y bastante más difícil de sostener durante una novela entera sin que el personaje se vuelva un número cómico.
El mecanismo que sostiene el libro es la compresión temporal. Un solo día, una sola jornada laboral, y dentro de ella treinta años que van entrando por las rendijas. La estructura obliga a Montero a resolver por acumulación de detalle lo que otra novela resolvería con un capítulo de infancia, y el resultado es un libro tenso, sin grasa, donde cada humillación de oficina rinde doble: funciona en la escena y funciona como biografía. Los adioses desganados de los compañeros dicen más de esos treinta años que cualquier resumen.
Habrá quien lea esto como una novela sobre la jubilación. Lo es en el sentido en que La metamorfosis va de un hombre que no puede ir a trabajar. El asunto verdadero es otro: qué pasa cuando a alguien que ha aceptado durante décadas el papel que le asignaron le retiran de golpe el papel. No la identidad profesional, que eso lo ha contado ya mucha gente. El papel. La coartada. Lo que Clarita usaba para no tener que decidir quién era.
Queda por decir algo sobre los secundarios, que en esta novela hacen un trabajo silencioso y bastante ingrato. Los compañeros de oficina no son caricaturas de la mezquindad laboral ni tampoco personas entrañables mal comprendidas: son gente ocupada que lleva años junto a Clarita sin haberla mirado nunca del todo, que es exactamente lo que le pasa a casi todo el mundo con casi todo el mundo. La autora se resiste a convertirlos en culpables. Y al resistirse, deja al lector sin el consuelo de tener a quien echarle la culpa, que es un consuelo barato y del que esta novela prescinde desde el principio.
Tampoco todo funciona igual. Montero es una escritora con una posición pública muy definida sobre el modo en que esta sociedad trata a las mujeres que envejecen, y en un par de tramos esa posición se adelanta al personaje: hay párrafos donde se oye a la autora explicando lo que la novela ya había demostrado tres escenas antes. Son pocos y se perdonan, pero están. Y el final, que no revelaré, elige la salida luminosa entre varias posibles; es una elección legítima y coherente con la idea de que todo final es un principio, aunque deje al lector algo más consolado de lo que el resto del libro parecía dispuesto a consolarlo.
Con todo, hay una decisión que merece reconocimiento explícito: Montero no redime a Clarita mediante el amor de nadie. No aparece un hombre, ni una amiga providencial, ni una nieta que le enseñe a vivir. Lo que se mueve se mueve dentro de ella. En un panorama editorial donde la transformación femenina tardía casi siempre llega acompañada de alguien que la desencadena, esa austeridad es una posición, y bastante más radical de lo que parece.
Leo este libro, en definitiva, como una novela sobre la reaparición: sobre lo que queda de una persona cuando lleva treinta años practicando su propia ausencia y una tarde cualquiera decide volver. Se va a leer mucho y se va a comentar por lo evidente, que es la jubilación y la edad. Vale la pena discutirlo por lo otro.
— Ana María Olivares








