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El llanto de los muertos, de Camilla Läckberg. La duodécima vuelta a un pueblo que ya es un personaje

La novela negra escandinava vive desde hace más de dos décadas una situación que rara vez se examina con calma: la de haberse convertido en una fórmula tan reconocible que su mayor dificultad ya no es sorprender, sino justificar la continuidad. Cuando una serie alcanza su duodécima entrega, la pregunta crítica pertinente no es si el crimen está bien resuelto, sino qué queda del impulso original y qué ha aprendido la autora por el camino.

El llanto de los muertos, que Planeta publicó el pasado 26 de agosto en traducción de Carmen Montes Cano, es la duodécima novela de Los crímenes de Fjällbacka, la serie que Camilla Läckberg ha levantado alrededor de un pueblo costero de la provincia de Bohuslän y de una pareja, Erica Falck y Patrik Hedström, que lleva ya media vida literaria compartiendo casa, hijos y cadáveres. Según su editorial, la serie acumula dos millones de ejemplares vendidos en España, una cifra que conviene tener presente no como argumento de calidad sino como dato del ecosistema: pocas series traducidas han echado raíces tan hondas en el lector español.

El material de partida es un caso frío. Hace treinta años desapareció Sofie, una adolescente cuya ausencia marcó para siempre a la comunidad. Un hallazgo nuevo obliga a revisar lo que ocurrió entre ella y sus amigas Ellen y Magdalena, y devuelve a Hedström y a Falck a un expediente que el pueblo daba por sepultado. Sobre ese armazón, Läckberg introduce el elemento que distingue esta entrega de las anteriores: la figura de una anciana a la que llaman la Plañidera, vinculada al folclore y a la creencia de que puede comunicarse con las almas de los muertos.

Merece la pena detenerse en esa decisión, porque es la que sostiene el libro. La novela policial sueca ha sido, históricamente, un género de raíz social y materialista: el crimen como síntoma de un Estado del bienestar que se agrieta. Meter en ese andamiaje una plañidera es traer al centro un saber que el género había tratado siempre como superstición vencida. Läckberg no lo resuelve por la vía fácil de lo sobrenatural, sino que lo utiliza como una forma de memoria comunitaria: alguien que recuerda lo que el pueblo prefirió olvidar. El folclore, aquí, funciona como archivo.

Lo interesante reside también en el tratamiento del tiempo. La estructura alterna dos planos, el presente de la investigación y el pasado de las tres muchachas, y de ese contraste sale el asunto verdadero del libro, que no es quién mató a quién sino cómo se administra el silencio en una comunidad pequeña durante tres décadas. La maternidad, la salud mental y los secretos familiares son los materiales con los que Läckberg viene trabajando desde el principio; aquí aparecen con menos subrayado y más peso.

No conviene, sin embargo, sobrevalorar el conjunto. Doce entregas imponen sus servidumbres, y esta novela las tiene: el lector que llega nuevo encontrará una densidad de relaciones previas que la autora resuelve con explicaciones que a veces frenan el relato, y hay tramos en los que la mecánica del caso frío avanza con la previsibilidad de un procedimiento ya muy transitado. Conviene decirlo sin dramatismo: Läckberg escribe dentro de un molde y no pretende romperlo. Lo que hace, y lo hace bien, es cansarlo menos de lo que cabría esperar a estas alturas.

Hay, además, una cuestión de tono que distingue a esta escritora dentro de su generación. Frente al nihilismo elegante que se apoderó del noir nórdico tras Stieg Larsson, Läckberg sostiene un registro más doméstico, casi de novela de comunidad, en el que la investigación policial convive con la crianza, las cocinas y las conversaciones de vecindad. Esa mezcla ha sido a menudo despachada como concesión al gran público. Yo creo que es su rasgo más literario: el crimen no interrumpe la vida ordinaria, la atraviesa.

El llanto de los muertos no cambiará la percepción que cada lector tenga de la serie. Quien la sigue encontrará lo que busca y algo más de lo que esperaba; quien nunca entró no verá aquí motivos para hacerlo. Pero hay en esta entrega una atención al duelo largo, al que no se cierra en treinta años, que le da un fondo elegíaco poco frecuente en el género. Y en un panorama editorial que confunde continuidad con repetición, sostener una serie durante doce libros sin dejar de preguntarse qué se está contando ya es, en sí mismo, una forma de oficio.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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