La saga familiar ha sido, en la narrativa estadounidense del último siglo, un género tan frecuentado como difícil de sostener. Su promesa es evidente: seguir a una estirpe durante décadas permite que la Historia entre en la casa sin necesidad de explicarla, que las guerras y las crisis económicas se manifiesten en la mesa de la cocina antes que en los libros de texto. Su riesgo es igual de evidente: la acumulación de años tiende a diluir la tensión, y lo que empieza como retrato acaba con demasiada frecuencia en inventario. Jane Smiley, que ganó el Pulitzer hace más de tres décadas con Heredarás la tierra, ha decidido enfrentarse a ese riesgo con una solución formal que merece atención por sí misma.
Una advertencia, que Sexto Piso publicó en febrero con traducción de Ce Santiago, es la segunda entrega de la llamada Trilogía de los cien años, que arrancó con Un poco de suerte y que en conjunto recorre el siglo que va de 1920 a 2020. El procedimiento es el mismo en los tres volúmenes y constituye la decisión mayor del proyecto: un capítulo por año, y todos los capítulos aproximadamente de la misma extensión. La autora ha explicado que buscaba que la trilogía avanzara como avanza el tiempo, sin acelerones ni remansos, dedicando el mismo espacio al año en que ocurre todo y al año en que no ocurre nada. Es una restricción severa, casi de taller, y de ella deriva buena parte de lo que el libro consigue y también de lo que sacrifica.
El volumen abre en 1953, con el funeral de Walter Langdon, el patriarca de la granja de Iowa donde había comenzado la trilogía. La muerte del padre reúne a los hijos, ya adultos, y a partir de ahí la novela se dispersa geográfica y socialmente siguiendo a cada uno de ellos hasta los primeros años ochenta. Frank, el primogénito, arrastra una insatisfacción que no sabe nombrar y que descarga en la indiferencia hacia su mujer. Lillian asiste al deterioro de Arthur, su marido, corroído por la culpa de trabajar en secreto para el gobierno en los años en que ese trabajo significaba cosas que no podían contarse en casa. Claire descubre que el matrimonio no se parece a lo que le habían prometido. Y Joe, el único que permanece en la tierra, comprueba que la granja puede seguir siendo idéntica a sí misma y volverse irreconocible al mismo tiempo.
Merece la pena subrayar lo que la restricción formal produce. Al obligarse a un capítulo anual, Smiley renuncia a la elipsis dramática, que es el recurso natural del novelista para saltar por encima de lo insignificante. El resultado es que la Guerra Fría, la guerra de Vietnam, las transformaciones sexuales de los sesenta y la primera acumulación de riqueza de los ochenta no llegan a la novela como acontecimientos, sino como atmósfera. Nadie discute la política en el salón; la política está en que un personaje no pueda decir en qué trabaja. Es un modo antiguo y eficaz de narrar el siglo, emparentado con la tradición de la novela decimonónica europea más que con la escritura estadounidense contemporánea, y la autora lo maneja con una destreza que rara vez se hace notar.
Lo interesante aquí reside en el precio que se paga. La equidistancia entre los años impide que ninguno destaque, y hay tramos —los que corresponden a los personajes menos dotados de conflicto— en los que la lectura se vuelve una tarea de mantenimiento. Con casi seiscientas páginas y una nómina de personajes que crece en cada generación, el lector necesita el árbol genealógico que la edición incluye, y necesitarlo es siempre un síntoma. Conviene decirlo sin dramatismo: no es un defecto de ejecución, es la consecuencia calculada de una apuesta. Smiley eligió que el tiempo pesara, y el tiempo pesa.
Donde el libro alcanza su mejor nivel es en el tratamiento de la distancia entre padres e hijos. La primera novela había establecido a Walter y Rosanna como figuras sólidas, ancladas en una moral de trabajo y escasez. Los hijos que ahora ocupan el primer plano se han educado en la abundancia y no saben qué hacer con ella. Smiley no juzga esa deriva ni la convierte en tesis sobre la decadencia norteamericana, que era la tentación fácil; se limita a mostrar cómo cada generación traduce a su manera lo que recibió, y cómo esa traducción siempre pierde algo por el camino. Los capítulos dedicados a Joe, el hijo que se queda, contienen las mejores páginas del volumen, precisamente porque en ellos la continuidad y la pérdida ocurren en el mismo lugar.
Queda por ver cómo cierra la trilogía el tercer volumen, todavía inédito en castellano. Pero la publicación de este segundo tomo permite ya valorar el conjunto con cierta perspectiva. Estamos ante una obra que aspira deliberadamente a la desmesura y que ha aceptado ser irregular a cambio de ser completa. Hay novelas que se leen por sus momentos altos y otras que se leen por su forma; esta pertenece a las segundas. En un panorama editorial que premia la brevedad y la intensidad, un proyecto que reclama del lector la paciencia de un siglo tiene algo de anacronismo deliberado, y ese anacronismo es su mayor argumento.
— Antonio Isidro Graña Ojeda








