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Tres amigas, de Jesús Marchamalo y Antonio Santos. Un libro que cabe en la palma de la mano

Llevo unas semanas con un libro en la mesilla que cabe en la palma de la mano. Mide doce centímetros por quince, tiene sesenta y cuatro páginas y cuesta trece euros con noventa y cinco, y lo he cogido y lo he dejado tantas veces que ya está un poco vencido por el lomo, que es lo mejor que le puede pasar a un libro pequeño. Se titula Tres amigas y lo firman Jesús Marchamalo, que pone el texto, y Antonio Santos, que pone unas ilustraciones en blanco y negro que se quedan mirándole a una desde la página.

Las tres amigas son Carmen Laforet, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite. De ellas se ha hablado mucho este año, con motivo de sus centenarios, y confieso que llegué al libro con la prevención del que ve pasar demasiadas conmemoraciones seguidas y empieza a temer que se conviertan en trámite. Duró poco la prevención. Tres o cuatro páginas, las que tardé en darme cuenta de que aquí no se venía a colocar una placa conmemorativa.

Esta es la décima entrega de la colección de biografías ilustradas que Marchamalo y Santos preparan cada año para Nórdica, y sale como edición especial de aniversario, que en este caso significa algo más que una faja bonita: significa que llevan diez años haciendo lo mismo y que ya lo hacen muy bien. Los anteriores están en mi casa desperdigados por sitios raros, que es donde acaban los libros que uno relee: Retrato de Baroja con abrigo, Kafka con sombrero, Pessoa, gafas y pajarita, El bolso de Blixen, Dickinson y las violetas, Virginia Woolf, las olas, Stefan Zweig, la tinta violeta, Delibes en bicicleta. Miren los títulos con calma. Un abrigo, un sombrero, unas gafas, un bolso, una bicicleta. Ahí está todo el método.

Porque esto no es una biografía académica ni lo pretende. Marchamalo trabaja con pequeños datos biográficos, con la cosa concreta y a veces mínima, y a través de ellos retrata la personalidad de cada una, sus vicisitudes, su manera de comprometerse con lo que escribían. Es un procedimiento que parece humilde y que en realidad exige un oído extraordinario, porque hay que saber cuál de los mil datos que uno tiene es el que retrata y cuáles son sólo relleno de solapa. La reseña de Anika Entre Libros lo dice mejor de lo que yo sabría decirlo: «más que mostrar a la escritora, muestra a la mujer».

Y eso me lleva a lo que más me ha interesado del libro, que es lo que aporta como testimonio de lo que significaba, en su época, ser mujer y escribir. No lo hace con discurso ni con tesis, que sería lo fácil y lo pesado, sino dejando que se vean las condiciones materiales: los permisos que había que pedir, los sitios a los que no se entraba, la mirada de los otros. Una lee eso y se acuerda de que estas tres mujeres publicaban en un país que no las esperaba, y de que escribir, para ellas, fue antes que nada conseguir un rato y una mesa.

Conviene además deshacer un malentendido en el que el título puede inducir, y que el libro no comete. Lo que une a Laforet, a Matute y a Martín Gaite no es una escuela, ni un manifiesto, ni una manera común de entender la novela. Es la generación y es la época: coincidieron en el momento de darse a conocer y coincidieron en la condición de mujer escritora en la España de la posguerra, que era una condición y no una circunstancia. Escribieron cosas muy distintas. Se les juntó el tiempo.

Nórdica lo cataloga a partir de doce años, y ahí está, me parece, la mejor intención del asunto. Yo tengo una sobrina de trece que está en esa edad en la que los libros o entran de golpe o no entran nunca, y he pensado en ella todo el rato mientras lo leía. Un libro pequeño, con dibujos, que se lee en una tarde y que deja a una chica de trece años sabiendo quiénes fueron esas tres señoras es una puerta de entrada excelente. Que después vaya o no vaya a por Nada o a por Entre visillos ya no depende de nosotros, pero al menos sabrá que están ahí.

Marchamalo nació en Madrid en 1960, es escritor y periodista y se ha pasado buena parte de la vida en RNE y en TVE, con un Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes en la estantería. Es también el autor de La tienda de palabras, de Tocar los libros y de Las bibliotecas perdidas, tres libros que comparten una misma obsesión bastante rara y bastante entrañable: los libros como objetos, como cosas que se tocan, que se subrayan, que se prestan y no vuelven.

Este, desde luego, es un objeto. Pesa poco, se lleva en el bolso, se regala sin pensarlo mucho y se relee. Y una lo cierra con la sensación tonta y agradable de haber estado un rato en compañía de tres mujeres que ya no están y que, mira por dónde, seguían teniendo conversación.

— Ángela de Claudia Soneira

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