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El club de las indomables, de Kathryn Stockett. Lo que tarda una autora en encontrar otra vez la voz

La otra tarde me puse a ordenar la librería —una tarea que siempre se convierte en otra cosa— y volví a encontrarme con mi ejemplar subrayado de Criadas y señoras, ese que compré hace ya no sé cuántos veranos y que sigue teniendo el lomo blando de tanto abrirlo. Pensé, como se piensa a veces sin querer, en cuánto tarda una autora en volver cuando lo primero le salió tan bien que cualquier segundo intento corre el riesgo de parecer una sombra. Kathryn Stockett ha tardado diecisiete años. Y ha vuelto, hay que decirlo pronto, sin miedo.

El club de las indomables nos lleva a Mississippi, pero no al de los años sesenta que ya conocíamos, sino a 1933, en plena Depresión, cuando la pobreza no era todavía una palabra con mayúscula en los libros de historia sino el hambre concreta de una familia concreta. La novela se sostiene sobre tres mujeres. Meg tiene once años y vive en un orfanato desde que su madre desapareció una Nochebuena; ha aprendido, a esa edad en la que casi nadie debería tener que aprender nada tan duro, que cuanto más crece una niña sin familia, menos posibilidades tiene de que alguien la quiera. Birdie llega a Oxford con la finca familiar a punto de perderse y solo una hermana casada con un banquero a la que pedirle ayuda. Y Charlie, la madre de Meg, es la mujer que las termina uniendo a las dos, dispuesta a lo que sea con tal de recuperar a su hija.

Lo que hace Stockett con estas tres historias —y esto es lo que a mí, leyendo, me ha ido reteniendo página tras página, que con casi novecientas no es cosa menor— es negarse a simplificar. Podría haber escrito una fábula sobre la maternidad y quedarse tan ancha. En vez de eso, mete a sus personajes en las instituciones reales de la época: las leyes de adopción, el paternalismo bancario, la vergüenza social que rodeaba a las mujeres solas. Ha dicho ella misma, y se lo he leído en alguna entrevista, que era imposible escribir sobre Mississippi en 1933 sin tocar el racismo y la hipocresía que sostenían aquel mundo, y se nota que no lo ha esquivado por comodidad ni lo ha metido de relleno para quedar bien.

Hay algo en Meg que me ha recordado —no sé si a ustedes también les pasa esto con ciertos personajes— a esas niñas que una conoce en la vida real y de las que se acuerda durante años sin motivo aparente, solo porque algo en su manera de estar en el mundo se quedó ahí. Stockett le da a la niña una lucidez que no es la lucidez impostada de tantos personajes infantiles de novela, sino la lucidez triste de quien ha tenido que hacerse mayor sin que nadie se lo pidiera. Y frente a ella, Birdie y Charlie construyen esa otra cosa que a la autora se le da tan bien: mujeres que no se caen bien del todo entre ellas y que aun así se sostienen, porque no les queda otra.

La crítica americana, que llevaba diecisiete años esperando este libro con más suspicacia que ilusión, se ha rendido bastante rápido. Y entiendo por qué: hay una prosa aquí que no ha perdido nada de la cadencia oral de Criadas y señoras, esa manera de escribir como quien cuenta algo en la cocina, sin levantar la voz, y que sin embargo va calando. No es un libro cómodo. Habla de niñas a las que el sistema deja caer, de mujeres a las que nadie tomó en serio hasta que ya no había remedio, y lo hace sin permitirse la salida fácil del final bonito que arregla las cosas de más.

Cuando cerré el libro pensé en mi madre, que también tenía la costumbre de guardar cosas de las que nunca hablaba —cartas, fotos, una llave que llevaba años sin abrir nada—, y me dio por pensar que este es, en el fondo, un libro sobre eso: sobre lo que las mujeres de una familia guardan para que las demás puedan seguir de pie. Stockett ha vuelto con un libro que se ha tomado su tiempo, como se lo tomó ella misma, y que a mí, por lo menos, me ha compensado la espera de sobra.

— Ángela de Claudia Soneira

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