Tengo una amiga que guarda su ejemplar de El arco iris de gravedad como otras guardan el vestido de la boda: sin atreverse a tocarlo, un poco por respeto y otro poco por miedo. La otra tarde, ordenando una estantería, me lo encontré debajo de una pila de cosas y me acordé de los años en que creíamos que entender a Thomas Pynchon era aprobar un examen que nadie nos había puesto. Lo cuento porque su nueva novela, A oscuras, viene precisamente a desarmar aquella solemnidad nuestra, y lo hace con una alegría que no esperaba.
Pynchon vuelve después de doce años callado —no publicaba desde Al límite, allá por 2013— y lo hace, para sorpresa de todos, con algo que se lee casi como una novela de detectives. La historia arranca en Milwaukee en 1932, en plena Gran Depresión, con la Ley Seca a punto de derogarse y Al Capone ya en la cárcel. El protagonista es Hicks McTaggart, un antiguo rompehuelgas reconvertido en detective privado al que le encargan un trabajo de los de manual: encontrar a la hija fugada de una familia rica de Wisconsin y devolverla a casa.
Lo que no sabe Hicks —y tampoco lo sabe una mientras pasa las páginas— es que ese encargo de tres al cuarto va a meterlo en un transatlántico rumbo a Europa y dejarlo tirado en Hungría, sin rastro de la heredera y rodeado de nazis, agentes soviéticos, contraespías británicos, músicos de swing, mentalistas y milicias paramilitares. Quien conozca a Pynchon ya sabe que la trama, en realidad, es lo de menos: a él nunca le interesó que las cosas se resolvieran, sino lo que ocurre por el camino. Y aquí el camino es un disparate maravilloso.
A una, que ya tiene una edad y ha aprendido a no avergonzarse de lo que disfruta, le ha pasado una cosa con este libro: que se ha reído. En voz alta, sola en el sofá, como una tonta. Y es que se nos olvida, de tanto reverenciarlo, que Pynchon es divertidísimo. Los nombres imposibles, las canciones absurdas que les inventa a sus personajes, los diálogos que parecen sacados de una película de los hermanos Marx conviven con una cabeza que no para quieta ni un segundo. Hicks, además, es de esos tipos que caen bien enseguida: un cínico con más corazón del que confiesa, perdido en un mundo que le viene grande.
Pero que nadie se engañe, que debajo del juego late algo muy serio. Ambientar una comedia de espías en 1932, con el fascismo asomando por Europa y los Estados Unidos a punto de cambiar de piel, no es ninguna casualidad. Hay en estas páginas hombres que llegan al poder por pura terquedad y por un dinero que no se han ganado, y una levanta la vista del libro, mira un momento las noticias y entiende perfectamente de qué le está hablando este señor. Pynchon tiene ochenta y muchos años y sigue apuntando al presente con mejor puntería que muchos que le sacan medio siglo.
No voy a mentirles: sigue siendo Pynchon. Hay páginas en las que el hilo se deshace entre las manos y toca volver atrás y releer, y momentos en que una no sabe del todo dónde está ni con quién. Pero esta vez la sensación no es la de aquel examen de juventud, sino la de una feria: te subes, das vueltas, no acabas de entender cómo funciona la máquina, y bajas un poco mareada y muy contenta. Es la diferencia entre el Pynchon que imponía y este, que invita.
La traducción de Vicente Campos González sostiene bien ese vértigo, que tiene su mérito con un autor que escribe como si el idioma fuera de goma y se le pudiera estirar hasta donde le da la gana. Se nota el oficio de quien ha tenido que tomar mil decisiones pequeñas para que la broma siga siendo broma también en castellano.
Así que si tienen por casa, como mi amiga, un Pynchon intacto que les impone desde el estante, quizá este sea un buen sitio por donde reconciliarse con él. No hay que aprobar nada. No hay que entenderlo todo. Solo hay que dejarse llevar, a oscuras, que al fin y al cabo es como mejor se viaja algunas veces.
— Ángela de Claudia Soneira








