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Bailando lo quitao, de Ana Milán. Cuando la risa es el arma y la vida es el blanco

Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro me pone en la situación de tener que explicar por qué me ha gustado más de lo que esperaba. Bailando lo quitao es el libro de Ana Milán, y Ana Milán es actriz, presentadora, persona de televisión y de redes, todo eso que en principio uno asocia con un tipo de libro que ya sabe lo que va a encontrar: anécdotas, gracia, algo de nostalgia, poca exigencia. Eso es lo que esperaba. No es lo que encontré.

Lo que Milán ha escrito es una novela corta —doscientas páginas escasas— sobre la memoria, el deseo y la libertad, y lo ha escrito como quien no tiene nada que demostrar ni nada que esconder. Hay algo en esa honestidad que desarma. No intenta escribir literatura con mayúsculas; intenta escribir verdad, que no es lo mismo pero a veces da el mismo resultado. La voz es la suya: directa, con humor, sin el tono levemente lastimoso que a veces adoptan los libros autobiográficos cuando quieren que les creamos que el autor ha sufrido de verdad. Milán sabe cuándo reírse y cuándo callarse, y eso, en un libro de estas características, vale lo que no se puede pagar.

La novela habla de una mujer que decide recuperar algo que le pertenecía —el deseo propio, la capacidad de elegir sin pedir permiso— y lo hace sin el solemne aparato que muchos libros similares montan alrededor de ese proceso. No hay epifanía de salón. Hay, en cambio, escenas domésticas que duelen en el sitio exacto, conversaciones que uno reconoce porque las ha tenido o las ha escuchado, y una ligereza que es de las difíciles: la que no huye de lo serio sino que lo sostiene sin aplastarlo.

¿Es literatura de alto vuelo? No, ni pretende serlo. Pero hay libros que no necesitan serlo para ser necesarios, y este es uno. Hay más inteligencia en esas doscientas páginas que en muchos novelones que llegan cargados de premios y de solemnidad. Milán no improvisa; construye. Y lo que construye aguanta.

Llévenlo de vacaciones si quieren, o léanlo un martes por la tarde. Pero léanlo. Y después piensen en qué cosa llevan tiempo bailando lo quitao sin decírselo a nadie.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás

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