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Herscht 07769, de László Krasznahorkai. Una carta para el fin del mundo

La otra tarde, buscando en la estantería un libro que ya sabía que no iba a encontrar, me quedé parada ante el lomo de una novela que llevaba meses mirándome sin que yo la mirase a ella. Era una de esas tardes de mayo en que la luz entra oblicua por la ventana y uno no sabe muy bien si tiene ganas de leer o de quedarse quieto pensando en nada. Me acordé entonces de una cosa que le oí decir a una amiga, traductora, hace tiempo: que hay escritores que no se leen, se sobreviven. Que uno sale de sus libros diferente de como entró, aunque no sepa explicar exactamente en qué.

Eso es lo que me ha pasado con Herscht 07769, la novela de László Krasznahorkai que publica Acantilado y que llega a las librerías españolas con el peso añadido de ser la primera obra del escritor húngaro después de que le concedieran el Nobel de Literatura. Y ya sé que ese dato lo cambia todo para bien y para mal: para bien porque más gente va a acercarse a él; para mal porque uno empieza a leer con una expectativa que el libro no tiene por qué satisfacer de la manera que uno imagina.

Florian Herscht es el protagonista, y Florian Herscht no es exactamente un hombre fácil de querer. Es huérfano, vive en una ciudad alemana sin futuro reconocible, y está convencido —con una convicción que no admite fisuras— de que el universo está a punto de colapsar. Ante esa certeza, hace lo que haría cualquiera de nosotros si lo pensáramos bien: escribe cartas. Las escribe a Angela Merkel. Cartas largas, urgentes, llenas de una lógica propia que no es exactamente la lógica del mundo pero que dentro del libro funciona con una coherencia que desconcierta y, poco a poco, emociona.

La novela está escrita sin un solo punto. Cuatrocientas páginas de frase continua, de cláusulas que se encadenan y se vuelven a encadenar, que respiran a su propio ritmo, que suben y bajan de temperatura sin que uno sepa muy bien cuándo pasó de estar leyendo a estar dentro. La primera vez que me di cuenta de que llevaba veinte páginas sin levantar la vista fue también la primera vez que entendí para qué sirve esa decisión formal. No es un capricho. Es que la mente de Florian no tiene puntos. La mente de Florian es una corriente.

Y entonces aparece Bach. Florian descubre la música de Johann Sebastian Bach —no sé si llamarlo descubrimiento o revelación o simplemente la palabra exacta que es encuentro— y ahí la novela da un giro que no voy a contar porque sería un crimen. Lo que sí puedo decir es que Krasznahorkai hace algo que muy pocos escritores saben hacer: convierte la música en prosa sin que la prosa suene a explicación de música. Suena a música directamente.

Me ha costado hablar de este libro con la gente porque cada vez que lo intento me pregunto si estoy siendo justa con él o si estoy siendo justa conmigo misma. Es un libro difícil, no voy a decir que no. Pero difícil como es difícil subir una cuesta larga: no porque el camino sea malo, sino porque exige que uno vaya despacio y atienda a lo que hay alrededor. Y lo que hay alrededor, en este caso, es mucho.

Acantilado lleva años siendo el sello que se atreve con lo que otros no se atreven, y con Krasznahorkai han hecho algo que merece agradecimiento explícito: traer a un escritor que piensa de otra manera, que construye de otra manera, que entiende la novela como un territorio sin mapas. Que eso coincida con el Nobel es casi una casualidad feliz.

Merece la pena que se dejen encontrar por este libro. No de un tirón, si no les apetece. A ratos, como se escucha la música cuando uno quiere de verdad escucharla y no solo oírla. Y después, si pueden, relean las primeras páginas. Van a ver que son distintas.

— Ángela de Claudia Soneira

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