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Nocturno de Venecia, de John Banville. La ciudad como destino

John Banville ocupa desde hace décadas un lugar peculiar en la narrativa en lengua inglesa: el de un escritor de culto que escapa a esa categoría en cuanto se le lee con atención. Su estilo —una prosa de extraordinaria densidad sensorial, construida desde la primera persona con una conciencia del lenguaje que rara vez se permite el descuido— lo ha situado en la tradición de los grandes estilistas anglosajones del siglo XX sin pertenecer, en rigor, a ninguna de sus corrientes dominantes. Nocturno de Venecia confirma esa posición.

La novela transcurre en Venecia, y conviene señalarlo desde el principio porque la ciudad no es aquí un telón de fondo sino una condición de la escritura. Banville usa Venecia como lo que siempre ha sido en la literatura europea: un espacio donde la belleza y la decadencia se vuelven inseparables, donde el peso de la historia convierte cada paseo en una superposición de tiempos. La ciudad actúa sobre los personajes antes de que la trama lo haga, y eso es una apuesta literaria que Banville sostiene con oficio notable.

El argumento —un hombre que regresa a Venecia y se enfrenta allí a un pasado que creía cerrado— no es novedoso en su planteamiento. Lo interesante aquí reside en lo que Banville hace con ese material: no lo desarrolla como intriga sino como exploración de la memoria y de la percepción. Sus personajes no recuerdan hechos; recuerdan sensaciones, texturas, fragmentos que se reorganizan a lo largo del texto en un patrón que el lector completa lentamente. Es una novela que exige paciencia y que la recompensa.

Merece la pena señalar la distancia que separa a Banville de Benjamin Black, su alter ego de género negro. Aquí no hay concesión alguna a la aceleración del thriller; el ritmo es deliberado, la sintaxis exigente, la atención al detalle minuciosa. Leer a Banville requiere un estado de concentración que la novela asume sin pedir disculpas por ello.

No es el libro más accesible de su autor, ni probablemente el más fácil de recomendar a quien se acerca a él por primera vez. Pero para quien ya conoce esa prosa, Nocturno de Venecia es una confirmación de que Banville sigue siendo uno de los pocos escritores contemporáneos para quienes el estilo no es ornamento sino sustancia. Es, en definitiva, una novela que quedará.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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