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Amor sicario, de Yasmina Khadra. La violencia como destino

Yasmina Khadra —el seudónimo bajo el que Mohamed Moulessehoul lleva décadas construyendo una de las obras más consistentes de la narrativa en lengua francesa— regresa con Amor sicario a uno de sus terrenos más transitados: la violencia organizada, el peso del crimen sobre las conciencias y la dificultad de preservar algo parecido a la dignidad cuando el entorno lo ha convertido en lujo. Khadra es un narrador que sabe lo que hace con la intriga, y eso se nota desde las primeras páginas.

Lo interesante aquí, sin embargo, no reside únicamente en el dominio del mecanismo narrativo, que en este caso vuelve a estar al servicio de una exploración del narcotráfico latinoamericano. Reside en algo que Khadra ya había ensayado en Las sirenas de Bagdad y en otras novelas anteriores: la manera en que sus protagonistas —hombres, casi siempre, atrapados en estructuras que los preceden y los exceden— funcionan como cámaras de resonancia de una violencia que nunca es únicamente política o económica, sino también íntima y sentimental.

Conviene detenerse en el modo en que Amor sicario construye su protagonista. No es un antihéroe a la moda, esa figura que la narrativa contemporánea ha desgastado con el uso. Es algo más antiguo y más difícil: un hombre que ha elegido —o que cree haber elegido— y que paga el precio de esa elección a lo largo de las páginas sin posibilidad de redención fácil. Khadra no concede salidas sencillas, y eso habla bien del escritor.

La recepción que el libro ha tenido en medios especializados ha subrayado, con razón, la solidez de la trama y el ritmo de la prosa. Lo que se ha dicho menos es que Amor sicario es también, en algunos de sus mejores momentos, una novela de amor —de ahí el título— que utiliza el afecto para tensar aún más las contradicciones del personaje central. Es la dimensión que menos se ha explorado en las reseñas, y es precisamente la que más interesa a quien busca algo más que entretenimiento, sin renunciar a él.

No obstante, el libro no está exento de debilidades. Hay secuencias que ceden demasiado a la aceleración del thriller y que sacrifican la densidad que la novela logra en sus momentos más reposados. Khadra parece a veces dividido entre el escritor que reflexiona y el narrador que engancha, y no siempre resuelve esa tensión en favor del primero. Es un reparo menor frente a todo lo que funciona, pero merece señalarse.

Khadra tiene en España una base lectora fiel, y Amor sicario cumplirá sus expectativas. Lo que resulta más interesante es que puede hacer algo más: llevar a lectores no habituales a uno de los narradores que mejor ha trabajado, desde la ficción, la pregunta de cómo sobrevive la conciencia individual dentro de los sistemas de destrucción colectiva. Esa pregunta no ha perdido actualidad. Khadra tampoco.

— Antonio Isidro Graña Ojeda

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